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martes, 20 de diciembre de 2016
Fragmentos de libros: Fragmento de La Náusea (1938) – Jean Paul Sartre (...
Fragmentos de libros: Fragmento de La Náusea (1938) – Jean Paul Sartre (...: Fragmento de La Náusea (1938) – Jean Paul Sartre (Paris, Francia, 1905 - 1980) Obra: La Náusea Año de publicación: 19...
domingo, 20 de noviembre de 2016
LA BUSCA DE LA FILOSOFÍA ISLÁMICA EN LA EDAD MEDIA
Borges escribió un
cuento titulado La Busca de Averroes, en el que el filósofo y protagonista musulmán,
mientras estudia la obra de Aristóteles, sobre la traducción de una traducción,
se encuentra con dos palabras incomprensibles para él: “tragedia” y “comedia”.
Dentro de su conocimiento de la cultura islámica, y de pensadores anteriores al
islam, y por el desconocimiento de la literatura griega, nunca se había
tropezado con dichas palabras. Lo que lleva al protagonista del cuento,
“encerrado en el mundo del islam”, a definirlas de manera incorrecta, diciendo
que la tragedia se refería a los panegíricos y la comedia a la sátira o
anatemas. En otro pasaje del cuento, en una reunión a la que asiste Averroes, conversan,
citando a Ibn Qutayba, sobre “rosas que profesan la fe”; Averroes le cuesta
admitir más unas rosas que digan algo que un error en Ibn Qutayba; luego hablando
de metáforas, alguien dice que la escritura no es un arte porque el original
del Qurán —la madre del libro— es anterior a la creación y concluye que el
Qurán “es uno de los atributos de Dios, como Su piedad; se copia en un libro,
se pronuncia con la lengua, se recuerda en el corazón, y el idioma y los signos
y la escritura son obra de los hombres, pero el Qurán es irrevocable y eterno.”
Borges —o el narrador— concluye el cuento, expresando que se siente al igual
que Averroes, con pocas fuentes para su estudio, mientras Averroes estudiaba a
Aristóteles en versiones árabes hechas del siríaco, del mismo modo, Borges
pretendía hacer un retrato de Averroes “sin otro material que unos adarmes de
Renan, de Lane y de Asín Palacios.”
A partir de este cuento
del escritor argentino, pudiéramos lograr varias conjeturas. Entre ellas,
podríamos decir que los personajes ven el mundo a partir de su religión,
pareciera no que llegan a la religión a partir de su búsqueda en el mundo, si
no que pretenden observar la realidad con ojos religiosos; este afán, como
hemos visto y veremos, podría limitar el conocimiento. Por otro lado, notamos
en los personajes algunas contradicciones que abundan en los pensadores
religiosos y una profunda adoración a la tradición, cosa que también, en
ocasiones, resulta contraproducente en aras de lograr un avance en el
desarrollo del pensamiento. También podríamos decir que a falta de fuentes se
podría hacer una visión torpe de lo que se quiera estudiar, al igual como ha
pasado con la Edad Media, cuyo desconocimiento ha dado pie a comentarios
equívocos.
En la historia del
pensamiento, la edad media suele ser disminuida o menospreciada. Sin embargo es
notable la vasta gama de contribuciones que nos ha dejado. No solo en la música
y en la literatura, también en la filosofía y en la ciencia. Aunque no podemos
pasar por alto que también ha sido el periodo de la historia en el que existieron
mayores dogmas. Basta con repasar la historia para observar cómo fueron
perseguidas y aniquiladas personas por no amoldarse a un tipo de pensamiento
específico. Como ejemplo podemos hacer referencia a las cruzadas donde murió un
gran número de personas, con motivos de establecer el cristianismo; así como
otros muchos fueron quemados o desterrados por ser considerados herejes por la
iglesia ortodoxa. En tal sentido, no solo
podemos conformarnos con conocer la historia, sino que su misma
valoración nos debería llevar a reflexionar de manera crítica.
Es difícil dejar a un
lado las implicaciones religiosas presentes en esta época ya que la mayoría de
pensadores promulgaban sus teorías desde un teocentrismo. Sin embargo, aunque
razón y fe, y ciencia y religión, suelen estar en oposición, existieron grandes
personajes que desarrollaron seriamente un pensamiento tanto filosófico como
científico; tanto así que sería una pretensión abarcarlos a todos en un ensayo.
Por este motivo, nos concentraremos principalmente en el legado que nos dejaron
algunos que se desenvolvían en el contexto islámico.
La llamada Edad de oro
del Islam comienza gracias al califa al-Ma'mun quien estableció el más
importante centro de estudio del medioevo: la llamada escuela de la sabiduría
en Bagdad, en donde se hicieron traducciones, análisis y comentarios de obras
antiguas, así como diferentes estudios en distintos campos como la lógica, la
física, la biología, la astronomía, la medicina, entre otros. Con el
surgimiento de la escuela de Bagdad, datado a mediados del siglo VIII,
comienzan a florecer una serie de personajes, entre los que se encuentran:
Al-Kindi, Al-Farabí, Avicena, y por supuesto el ya mencionado Averroes; quienes
no solo tenían en común el islamismo, también compartían su admiración por los
filósofos antiguos en especial por Platón y Aristóteles.
Al-kindi fue uno de los
primeros que tradujo la obra de Aristóteles al árabe, algunas directamente del
griego, otras del siríaco. De hecho, el cuento referido al principio del
presente trabajo, al menos la edición que yo leí, trae una nota que dice que es
probable que cuando Borges escribe que Averroes trabajaba sobre la traducción
de una traducción, pueda referirse a traducciones hechas por Al-kindi a partir
del siríaco; aunque bien es una especulación porque existieron muchos otros
traductores para la época, sin embargo se debe destacar que gran parte del
vocabulario filosófico árabe se le debe principalmente a este gran conocedor que
no solo se destacó en filosofía, también en música, astronomía, matemática, física, etc. Otro, gracias
a su abarcador y profundo conocimiento, quien es llamado “el segundo maestro”
es Al-farabí, también gran conocedor de todas las teorías del pensamiento que
se habían formulado para la época; estudió profundamente la metafísica, ejerciendo
una gran influencia en Avicena y Averroes. Era tan seguidor tanto de Platón
como de Aristóteles que intentó unificar ambas visiones. También en la música
es conocido no solo como un gran ejecutante del laúd, entre otros instrumentos
de cuerdas, sino que además dejó grandes contribuciones estéticas y teóricas
sobre la música, al mismo tiempo que estudiaba escalas y melodías y cómo estas tenían
distintas respuestas en quienes las oían. Avicena declararía que no entendía a
Aristóteles hasta que leyó los comentarios que de este último hizo Al-Farabí.
No obstante, quien fue conocido como “el comentador” por las notas y
reflexiones que hace de Aristóteles fue Averroes, quien no solo deja grandes
aportes a la filosofía sino también a la medicina y la astronomía.
Como se menciona
anteriormente, estos filósofos tienen a Dios en el cetro de su estudio, por
encima, claro está, de Aristóteles. Es por ello que usan categorías aristotélicas
para argumentar la existencia de Dios. De esta manera, el primer motor, causa
principal de todo movimiento, para Al-Farabí, es Dios. Resulta curioso cómo
estos pensadores que tenían como principal argumento la demostración de la
existencia de Dios llegaran tan lejos en el campo de la ciencia y la filosofía.
Aunque muchos rozaron la teología, porque si bien el tema de Dios resulta ser
un tema filosófico si nos empeñamos en atribuir todas las explicaciones del
mundo a Dios, esto podría resultar limitante, ya que podríamos dejar de dudar,
que como sabemos es una de las principales tareas de la filosofía. Incluso,
mucho de los argumentos utilizados por los pensadores medievales incurren en
falacias, como argumentum ad consequentiam y argumentum ad verecundiam. Cuando
dan por entendido que existe dios, que el mundo es su creación al igual que las
criaturas que en él habitan, no se está demostrando que la premisa de la
existencia de Dios sea verdadera aunque la conclusión pareciera coincidir.
Así mismo, al igual que Averroes, en el
cuento que hemos tratado, le cuesta admitir un error en Ibn Qutayba, del mismo
modo muchos caen en tal falacia de autoridad cuando argumentan que tal cosa
debe ser verdad porque la dice el Corán o la biblia o algún apóstol o profeta o
personaje religioso; como San Buenaventura que, tratando sobre las “rationes
seminales”, escribe «Creo que esa
posición debe ser mantenida, no solamente porque la razón nos inclina a ella,
sino también porque la autoridad de Agustín, en su Comentario literal al
Génesis, la confirma.»
Aunque, por ejemplo
Averroes decía que la verdad puede ser alcanzada mediante la filosofía y esa
misma verdad puede ser explicada con otros términos mediante la teología, lo
que se conoce como “la doble verdad”, pareciera, o al menos a mí me da la sensación, que de alguna manera subordina la teología a
la filosofía y no al revés. Por otro lado se debe ser también muy cuidadoso al
seguir una tradición religiosa, apegados a lo que ya hemos dado por sentado, ya
que se podría perder el carácter heurístico que también juega un papel
fundamental en la historia del pensamiento.
sábado, 5 de noviembre de 2016
lunes, 31 de octubre de 2016
jueves, 13 de octubre de 2016
La triste historia de Mata Hari, la espía más famosa
La triste historia de Mata Hari, la espía más famosa: En la madrugada del 15 de octubre de 1917, en el bosque francés de Vincennes, hacía un frío que quemaba las manos de los fusileros, todo ellos ...
Pío Baroja: El árbol de la ciencia. Cuarta parte. Inquisiciones. 3. El árbol de la ciencia y el árbol de la vida
—Ya la ciencia para vosotros —dijo Iturrioz— no es una institución con
un fin humano, ya es algo más; la habéis convertido en ídolo.
—Hay la esperanza de que la verdad, aun la que hoy es inútil, pueda ser útil mañana —replicó Andrés.
—iBah! ¡Utopía! ¿Tú crees que vamos a aprovechar las verdades astronómicas alguna vez?
—¿Alguna vez? Las hemos aprovechado ya.
—¿En qué?
—En el concepto del mundo.
—Está bien; pero yo hablaba de un aprovechamiento práctico, inmediato. Yo en el fondo estoy convencido de que la verdad en bloque es mala para la vida. Esa anomalía de la naturaleza que se llama la vida necesita estar basada en el capricho, quizá en la mentira.
—En eso estoy conforme —dijo Andrés—. La voluntad, el deseo de vivir, es tan fuerte en el animal como en el hombre. En el hombre es mayor la comprensión. A más comprender corresponde menos desear. Esto es lógico, y además se comprueba en la realidad. La apetencia por conocer se despierta en los individuos que aparecen al final de una evolución, cuando el instinto de vivir languidece. El hombre, cuya necesidad es conocer, es como la mariposa que rompe la crisálida para morir. El individuo sano, vivo, fuerte, no ve las cosa como son, porque no le conviene. Está dentro de un alucinación. Don Quijote, a quien Cervantes quiso da un sentido negativo, es un símbolo de la afirmación d la vida. Don Quijote vive más que todas las persona cuerdas que le rodean, vive más y con más intensidad que los otros. El individuo o el pueblo que quiere vivir se envuelve en nubes como los antiguos dioses cuando se aparecían a los mortales. El instinto vital necesita de la ficción para afirmarse. La ciencia entonces, el instinto de crítica, el instinto de averiguación debe encontrar una verdad: la cantidad de mentira que se necesita para la vida. ¿Se ríe usted?
—Sí, me río, porque eso que tú expones con palabras del día, está dicho nada menos que en la Biblia.
— ¡Bah!
—Sí, en el Génesis. Tú habrás leído que en el centro del Paraíso había dos árboles: el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. El árbol de la vida era inmenso, frondoso, y, según algunos santos padres, daba la inmortalidad. El árbol de la ciencia no se dice cómo era; probablemente sería mezquino y triste. ¿Y tú sabes lo que le dijo Dios a Adán?
—No recuerdo, la verdad.
—Pues al tenerle a Adán delante, le dijo: “Puedes comer todos los frutos del jardín; pero cuidado con el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, porque el día que tú comas su fruto morirás de muerte”. Y Dios, seguramente, añadió: “Comed del árbol de la vida, sed bestias, sed cerdos, sed egoístas, revolcaos por el suelo alegremente; pero no comáis del árbol de la ciencia, porque ese fruto agrio os dará una tendencia a mejorar que os destruirá” . ¿No es un consejo admirable?
—Sí, es un consejo digno de un accionista del Banco —repuso Andrés.
—¡Cómo se ve el sentido práctico de esa granujería semítica! —dijo Iturrioz—. ¡Cómo olfatearon esos buenos judíos, con sus narices corvas, que el estado de conciencia podía comprometer la vida!
—Claro, eran optimistas; griegos y semitas tenían el instinto fuerte de vivir, inventaban dioses para ellos, un paraíso exclusivamente suyo. Yo creo que en el fondo no comprendían nada de la naturaleza.
—No les convenía.
—Seguramente no les convenía. En cambio, los turanios y los arios del Norte intentaron ver la naturaleza tal como es.
—Y, a pesar de eso, nadie les hizo caso y se dejaron domesticar por los semitas del Sur?
—¡Ah, claro! El semitismo, con sus impostores, ha dominado al mundo, ha tenido la oportunidad y la fuerza; en una época de guerras dio a los hombres un dios de la batallas, a las mujeres y a los débiles un motivo de lamentos, de quejas y de sensiblería. Hoy, después de siglos de dominación semítica, el mundo vuelve a la cordura, y la verdad aparece como una aurora pálida tras de los terrores de la noche.
—Yo no creo en esa cordura —dijo Iturrioz— ni creo en la ruina del semitismo. El semitismo judío, cristiano o musulmán, seguirá siendo el amo del mundo, tomará avatares extraordinarios. ¿Hay nada más interesante que la Inquisición, de índole tan semítica, dedicada a limpiar de judíos y moros al mundo? ¿Hay caso más curioso que el de Torquemada de origen judío?
—Sí, eso define el carácter semítico, la confianza, el optimismo, el oportunismo... Todo eso tiene que desaparecer. La mentalidad científica de los hombres del norte de Europa lo barrerá.
—Pero ¿dónde están esos hombres? ¿Dónde están esos precursores?
—En la ciencia, en la filosofía, en Kant sobre todo. Kant ha sido el gran destructor de la mentira
grecosemítica. Él se encontró con esos dos árboles bíblicos de que usted hablaba antes y fue apartando las ramas del árbol de la vida que ahogaban al árbol de la Ciencia. Tras él no queda, en el mundo de las ideas, más que un camino estrecho y penoso: la Ciencia. Detrás de él, sin tener quizá su fuerza y su grandeza, viene otro destructor, otro oso del Norte, Schopenhauer, que no quiso dejar en pie los subterfugios que el maestro sostuvo amorosamente por falta de valor. Kant pide por misericordia que esa gruesa rama del árbol de la vida, que se llama libertad, responsabilidad, derecho, descanse junto a las ramas del árbol de la ciencia para dar perspectivas a la mirada del hombre. Schopenhauer, más austero, más probo en su pensamiento, aparta esa rama, y la vida aparece como una cosa oscura y ciega, potente y jugosa, sin justicia, sin bondad, sin fin; una corriente llevada por una fuerza X, que él llama voluntad y que, de cuando en cuando, en medio de la materia organizada, produce un fenómeno secundario, una fosforescencia cerebral, un reflejo, que es la inteligencia. Ya se ve claro en estos dos principios: vida y verdad, voluntad e inteligencia.
—Ya debe de haber filósofos y biófilos —dijo Iturrioz.
—¿Por qué no? Filósofos y biófilos. En estas circunstancias el instinto vital, todo actividad y confianza, se siente herido y tiene que reaccionar y reacciona. Los unos, la mayoría literatos, ponen su optimismo en la vida, en la brutalidad de los instintos y cantan la vida cruel, canalla, infame, la vida sin finalidad, sin objeto, sin principios y sin moral, como una pantera en medio de una selva. Los otros ponen el optimismo en la misma ciencia. Contra la tendencia agnóstica de un Du Bois-Reymond que afirmó que jamás el entendimiento del hombre llegaría a conocer la mecánica del universo, están las tendencias de Berthelot, de Metchnikoff, de Ramón y Cajal, en España, que suponen que se puede llegar a averiguar el fin del hombre en la Tierra. Hay, por último, los que quieren volver a las ideas viejas y a los viejos mitos, porque son útiles para la vida. Estos son profesores de retórica, de esos que tienen la sublime misión de contarnos cómo se estornudaba en el siglo XVIII después de tomar rapé; los que nos dicen que la ciencia fracasa y que el materialismo, el determinismo, el encadenamiento de causa a efecto es una cosa grosera, y que el espiritualismo es algo sublime y refinado. ¡Qué risa! ¡Qué admirable lugar común para que los obispos y los generales cobren su sueldo y los comerciante puedan vender impunemente bacalao podrido! ¡Creer en el ídolo o en el fetiche es símbolo de superioridad; creer en los átomos, como Demócrito o Epicuro, señal de estupidez! Un aissaua de Marruecos que se rompe la cabeza con un hacha y traga cristales en honor de la divinidad, o un buen mandingo con su taparrabos, son seres refinados y cultos; en cambio, el hombre de ciencia que estudia la naturaleza es un ser vulgar y grosero.
¡Qué admirable paradoja para vestirse de galas retóricas y de sonidos nasales en la boca de un académicofrancés! Hay que reírse cuando dicen que la ciencia fracasa. Tontería; lo que fracasa es la mentira; la ciencia marcha adelante, arrollándolo todo.
—Sí, estamos conformes, lo hemos dicho antes, arrollándolo todo. Desde un punto de vista puramente
científico, yo no puedo aceptar esa teoría de la duplicidad de la función vital: inteligencia a un lado, voluntad a otro, no.
—Yo no digo inteligencia a un lado y voluntad a otro —replicó Andrés—, sino predominio de la inteligencia o predominio de la voluntad. Una lombriz tiene voluntad e inteligencia, voluntad de vivir tanta como el hombre, resiste a la muerte como puede; el hombre tiene también voluntad e inteligencia, pero en otras proporciones.
—Lo que quiero decir es que no creo que la voluntad sea sólo una máquina de desear y la inteligencia una máquina de reflejar.
—Lo que sea en sí, no lo sé; pero a nosotros nos parece esto racionalmente. Si todo reflejo tuviera para nosotros un fin, podríamos sospechar que la inteligencia no es sólo un aparato reflector, una luna indiferente para cuanto se coloca en su horizonte sensible; pero la conciencia refleja lo que puede aprehender sin interés, automáticamente, y produce imágenes. Estas imágenes, desprovistas de lo contingente dejan un símbolo, un esquema, que debe ser la idea.
—No creo en esa indiferencia automática que tú atribuyes a la inteligencia. No somos un intelecto puro, ni una máquina de desear, somos hombres que al mismo tiempo piensan, trabajan, desean, ejecutan... Yo creo que hay ideas que son fuerzas.
—Yo no. La fuerza está en otra cosa. La misma idea que impulsa a un anarquista romántico a escribir unos versos ridículos y humanitarios es la que hace a un dinamitero poner una bomba. La misma ilusión imperialista tiene Bonaparte que Lebaudy, el emperador del Sahara. Lo que les diferencia es algo orgánico.
— ¡Qué confusión! En qué laberinto nos vamos metiendo —murmuró Iturrioz
—Hay la esperanza de que la verdad, aun la que hoy es inútil, pueda ser útil mañana —replicó Andrés.
—iBah! ¡Utopía! ¿Tú crees que vamos a aprovechar las verdades astronómicas alguna vez?
—¿Alguna vez? Las hemos aprovechado ya.
—¿En qué?
—En el concepto del mundo.
—Está bien; pero yo hablaba de un aprovechamiento práctico, inmediato. Yo en el fondo estoy convencido de que la verdad en bloque es mala para la vida. Esa anomalía de la naturaleza que se llama la vida necesita estar basada en el capricho, quizá en la mentira.
—En eso estoy conforme —dijo Andrés—. La voluntad, el deseo de vivir, es tan fuerte en el animal como en el hombre. En el hombre es mayor la comprensión. A más comprender corresponde menos desear. Esto es lógico, y además se comprueba en la realidad. La apetencia por conocer se despierta en los individuos que aparecen al final de una evolución, cuando el instinto de vivir languidece. El hombre, cuya necesidad es conocer, es como la mariposa que rompe la crisálida para morir. El individuo sano, vivo, fuerte, no ve las cosa como son, porque no le conviene. Está dentro de un alucinación. Don Quijote, a quien Cervantes quiso da un sentido negativo, es un símbolo de la afirmación d la vida. Don Quijote vive más que todas las persona cuerdas que le rodean, vive más y con más intensidad que los otros. El individuo o el pueblo que quiere vivir se envuelve en nubes como los antiguos dioses cuando se aparecían a los mortales. El instinto vital necesita de la ficción para afirmarse. La ciencia entonces, el instinto de crítica, el instinto de averiguación debe encontrar una verdad: la cantidad de mentira que se necesita para la vida. ¿Se ríe usted?
—Sí, me río, porque eso que tú expones con palabras del día, está dicho nada menos que en la Biblia.
— ¡Bah!
—Sí, en el Génesis. Tú habrás leído que en el centro del Paraíso había dos árboles: el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. El árbol de la vida era inmenso, frondoso, y, según algunos santos padres, daba la inmortalidad. El árbol de la ciencia no se dice cómo era; probablemente sería mezquino y triste. ¿Y tú sabes lo que le dijo Dios a Adán?
—No recuerdo, la verdad.
—Pues al tenerle a Adán delante, le dijo: “Puedes comer todos los frutos del jardín; pero cuidado con el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, porque el día que tú comas su fruto morirás de muerte”. Y Dios, seguramente, añadió: “Comed del árbol de la vida, sed bestias, sed cerdos, sed egoístas, revolcaos por el suelo alegremente; pero no comáis del árbol de la ciencia, porque ese fruto agrio os dará una tendencia a mejorar que os destruirá” . ¿No es un consejo admirable?
—Sí, es un consejo digno de un accionista del Banco —repuso Andrés.
—¡Cómo se ve el sentido práctico de esa granujería semítica! —dijo Iturrioz—. ¡Cómo olfatearon esos buenos judíos, con sus narices corvas, que el estado de conciencia podía comprometer la vida!
—Claro, eran optimistas; griegos y semitas tenían el instinto fuerte de vivir, inventaban dioses para ellos, un paraíso exclusivamente suyo. Yo creo que en el fondo no comprendían nada de la naturaleza.
—No les convenía.
—Seguramente no les convenía. En cambio, los turanios y los arios del Norte intentaron ver la naturaleza tal como es.
—Y, a pesar de eso, nadie les hizo caso y se dejaron domesticar por los semitas del Sur?
—¡Ah, claro! El semitismo, con sus impostores, ha dominado al mundo, ha tenido la oportunidad y la fuerza; en una época de guerras dio a los hombres un dios de la batallas, a las mujeres y a los débiles un motivo de lamentos, de quejas y de sensiblería. Hoy, después de siglos de dominación semítica, el mundo vuelve a la cordura, y la verdad aparece como una aurora pálida tras de los terrores de la noche.
—Yo no creo en esa cordura —dijo Iturrioz— ni creo en la ruina del semitismo. El semitismo judío, cristiano o musulmán, seguirá siendo el amo del mundo, tomará avatares extraordinarios. ¿Hay nada más interesante que la Inquisición, de índole tan semítica, dedicada a limpiar de judíos y moros al mundo? ¿Hay caso más curioso que el de Torquemada de origen judío?
—Sí, eso define el carácter semítico, la confianza, el optimismo, el oportunismo... Todo eso tiene que desaparecer. La mentalidad científica de los hombres del norte de Europa lo barrerá.
—Pero ¿dónde están esos hombres? ¿Dónde están esos precursores?
—En la ciencia, en la filosofía, en Kant sobre todo. Kant ha sido el gran destructor de la mentira
grecosemítica. Él se encontró con esos dos árboles bíblicos de que usted hablaba antes y fue apartando las ramas del árbol de la vida que ahogaban al árbol de la Ciencia. Tras él no queda, en el mundo de las ideas, más que un camino estrecho y penoso: la Ciencia. Detrás de él, sin tener quizá su fuerza y su grandeza, viene otro destructor, otro oso del Norte, Schopenhauer, que no quiso dejar en pie los subterfugios que el maestro sostuvo amorosamente por falta de valor. Kant pide por misericordia que esa gruesa rama del árbol de la vida, que se llama libertad, responsabilidad, derecho, descanse junto a las ramas del árbol de la ciencia para dar perspectivas a la mirada del hombre. Schopenhauer, más austero, más probo en su pensamiento, aparta esa rama, y la vida aparece como una cosa oscura y ciega, potente y jugosa, sin justicia, sin bondad, sin fin; una corriente llevada por una fuerza X, que él llama voluntad y que, de cuando en cuando, en medio de la materia organizada, produce un fenómeno secundario, una fosforescencia cerebral, un reflejo, que es la inteligencia. Ya se ve claro en estos dos principios: vida y verdad, voluntad e inteligencia.
—Ya debe de haber filósofos y biófilos —dijo Iturrioz.
—¿Por qué no? Filósofos y biófilos. En estas circunstancias el instinto vital, todo actividad y confianza, se siente herido y tiene que reaccionar y reacciona. Los unos, la mayoría literatos, ponen su optimismo en la vida, en la brutalidad de los instintos y cantan la vida cruel, canalla, infame, la vida sin finalidad, sin objeto, sin principios y sin moral, como una pantera en medio de una selva. Los otros ponen el optimismo en la misma ciencia. Contra la tendencia agnóstica de un Du Bois-Reymond que afirmó que jamás el entendimiento del hombre llegaría a conocer la mecánica del universo, están las tendencias de Berthelot, de Metchnikoff, de Ramón y Cajal, en España, que suponen que se puede llegar a averiguar el fin del hombre en la Tierra. Hay, por último, los que quieren volver a las ideas viejas y a los viejos mitos, porque son útiles para la vida. Estos son profesores de retórica, de esos que tienen la sublime misión de contarnos cómo se estornudaba en el siglo XVIII después de tomar rapé; los que nos dicen que la ciencia fracasa y que el materialismo, el determinismo, el encadenamiento de causa a efecto es una cosa grosera, y que el espiritualismo es algo sublime y refinado. ¡Qué risa! ¡Qué admirable lugar común para que los obispos y los generales cobren su sueldo y los comerciante puedan vender impunemente bacalao podrido! ¡Creer en el ídolo o en el fetiche es símbolo de superioridad; creer en los átomos, como Demócrito o Epicuro, señal de estupidez! Un aissaua de Marruecos que se rompe la cabeza con un hacha y traga cristales en honor de la divinidad, o un buen mandingo con su taparrabos, son seres refinados y cultos; en cambio, el hombre de ciencia que estudia la naturaleza es un ser vulgar y grosero.
¡Qué admirable paradoja para vestirse de galas retóricas y de sonidos nasales en la boca de un académicofrancés! Hay que reírse cuando dicen que la ciencia fracasa. Tontería; lo que fracasa es la mentira; la ciencia marcha adelante, arrollándolo todo.
—Sí, estamos conformes, lo hemos dicho antes, arrollándolo todo. Desde un punto de vista puramente
científico, yo no puedo aceptar esa teoría de la duplicidad de la función vital: inteligencia a un lado, voluntad a otro, no.
—Yo no digo inteligencia a un lado y voluntad a otro —replicó Andrés—, sino predominio de la inteligencia o predominio de la voluntad. Una lombriz tiene voluntad e inteligencia, voluntad de vivir tanta como el hombre, resiste a la muerte como puede; el hombre tiene también voluntad e inteligencia, pero en otras proporciones.
—Lo que quiero decir es que no creo que la voluntad sea sólo una máquina de desear y la inteligencia una máquina de reflejar.
—Lo que sea en sí, no lo sé; pero a nosotros nos parece esto racionalmente. Si todo reflejo tuviera para nosotros un fin, podríamos sospechar que la inteligencia no es sólo un aparato reflector, una luna indiferente para cuanto se coloca en su horizonte sensible; pero la conciencia refleja lo que puede aprehender sin interés, automáticamente, y produce imágenes. Estas imágenes, desprovistas de lo contingente dejan un símbolo, un esquema, que debe ser la idea.
—No creo en esa indiferencia automática que tú atribuyes a la inteligencia. No somos un intelecto puro, ni una máquina de desear, somos hombres que al mismo tiempo piensan, trabajan, desean, ejecutan... Yo creo que hay ideas que son fuerzas.
—Yo no. La fuerza está en otra cosa. La misma idea que impulsa a un anarquista romántico a escribir unos versos ridículos y humanitarios es la que hace a un dinamitero poner una bomba. La misma ilusión imperialista tiene Bonaparte que Lebaudy, el emperador del Sahara. Lo que les diferencia es algo orgánico.
— ¡Qué confusión! En qué laberinto nos vamos metiendo —murmuró Iturrioz
—Sintetice usted nuestra discusión y nuestros distintos puntos de vista.
—En parte, estamos conformes. Tú quieres, partiendo de la relatividad de todo, darle un valor absoluto a las relaciones entre las cosas.
—Claro, lo que decía antes; el metro en sí, medida arbitraria; los trescientos sesenta grados de un círculo, medida también arbitraria; las relaciones obtenidas con el metro o con el arco, exactas.
—No, ¡si estamos conformes! Sería imposible que no lo estuviéramos en todo lo que se refiere a la matemática y a la lógica; pero cuando nos vamos alejando de estos conocimientos simples y entramos en el dominio de la vida, nos encontramos dentro de un laberinto, en medio de la mayor confusión y desorden. En este baile de máscaras, en donde bailan millones de figuras abigarradas, tú me dices: “Acerquémonos a la verdad”. ¿Dónde está la verdad? ¿Quién es ese enmascarado que pasa por delante de nosotros? ¿Qué esconde debajo de su capa gris? ¿Es un rey o un mendigo? ¿Es un joven admirablemente formado o un viejo enclenque y lleno de úlceras? La verdad es una brújula loca que no funciona en este caos de cosas desconocidas.
—Cierto, fuera de la verdad matemática y de la verdad empírica que se va adquiriendo lentamente, la ciencia no dice mucho. Hay que tener la probidad de reconocerlo... y esperar.
—Y, mientras tanto, ¿abstenerse de vivir, de afirmar? Mientras tanto no vamos a saber si la República es mejor que la Monarquía, si el Protestantismo es mejor o peor que el Catolicismo, si la propiedad individual es buena o mala; mientras la Ciencia no llegue hasta ahí, silencio.
—¿Y qué remedio queda para el hombre inteligente?
—Hombre, sí. Tú reconoces que, fuera del dominio de las matemáticas y de las ciencias empíricas, existe, hoy por hoy, un campo enorme adonde todavía no llegan las indicaciones de la ciencia. ¿No es eso?
—Sí.
—¿Y por qué en ese campo no tomar como norma la utilidad?
—Lo encuentro peligroso —dijo Andrés—. Esta idea de la utilidad, que al principio parece sencilla, inofensiva, puede llegar a legitimar las mayores enormidades, a entronizar todos los prejuicios.
—Cierto; también, tomando como norma la verdad, se puede ir al fanatismo más bárbaro. La verdad puede ser un arma de combate.
—Sí, falseándola, haciendo que no lo sea. No hay fanatismo en matemáticas, ni en ciencias naturales. ¿Quién puede vanagloriarse de defender la verdad en política o en moral? El que así se vanagloria, es tan fanático como el que defiende cualquier sistema político o religioso. La ciencia no tiene nada que ver con eso; ni es cristiana, ni es atea, ni revolucionaria, ni reaccionaria.
—Pero ese agnosticismo, para todas las cosas que no se conocen científicamente, es absurdo, porque es antibiológico. Hay que vivir. Tú sabes que los fisiólogos han demostrado que, en el uso de nuestros sentidos, tendemos a percibir, no de la manera más exacta, sino de la manera más económica, más ventajosa, más útil. ¿Qué mejor norma de la vida que su utilidad, su engrandecimiento?
—En parte, estamos conformes. Tú quieres, partiendo de la relatividad de todo, darle un valor absoluto a las relaciones entre las cosas.
—Claro, lo que decía antes; el metro en sí, medida arbitraria; los trescientos sesenta grados de un círculo, medida también arbitraria; las relaciones obtenidas con el metro o con el arco, exactas.
—No, ¡si estamos conformes! Sería imposible que no lo estuviéramos en todo lo que se refiere a la matemática y a la lógica; pero cuando nos vamos alejando de estos conocimientos simples y entramos en el dominio de la vida, nos encontramos dentro de un laberinto, en medio de la mayor confusión y desorden. En este baile de máscaras, en donde bailan millones de figuras abigarradas, tú me dices: “Acerquémonos a la verdad”. ¿Dónde está la verdad? ¿Quién es ese enmascarado que pasa por delante de nosotros? ¿Qué esconde debajo de su capa gris? ¿Es un rey o un mendigo? ¿Es un joven admirablemente formado o un viejo enclenque y lleno de úlceras? La verdad es una brújula loca que no funciona en este caos de cosas desconocidas.
—Cierto, fuera de la verdad matemática y de la verdad empírica que se va adquiriendo lentamente, la ciencia no dice mucho. Hay que tener la probidad de reconocerlo... y esperar.
—Y, mientras tanto, ¿abstenerse de vivir, de afirmar? Mientras tanto no vamos a saber si la República es mejor que la Monarquía, si el Protestantismo es mejor o peor que el Catolicismo, si la propiedad individual es buena o mala; mientras la Ciencia no llegue hasta ahí, silencio.
—¿Y qué remedio queda para el hombre inteligente?
—Hombre, sí. Tú reconoces que, fuera del dominio de las matemáticas y de las ciencias empíricas, existe, hoy por hoy, un campo enorme adonde todavía no llegan las indicaciones de la ciencia. ¿No es eso?
—Sí.
—¿Y por qué en ese campo no tomar como norma la utilidad?
—Lo encuentro peligroso —dijo Andrés—. Esta idea de la utilidad, que al principio parece sencilla, inofensiva, puede llegar a legitimar las mayores enormidades, a entronizar todos los prejuicios.
—Cierto; también, tomando como norma la verdad, se puede ir al fanatismo más bárbaro. La verdad puede ser un arma de combate.
—Sí, falseándola, haciendo que no lo sea. No hay fanatismo en matemáticas, ni en ciencias naturales. ¿Quién puede vanagloriarse de defender la verdad en política o en moral? El que así se vanagloria, es tan fanático como el que defiende cualquier sistema político o religioso. La ciencia no tiene nada que ver con eso; ni es cristiana, ni es atea, ni revolucionaria, ni reaccionaria.
—Pero ese agnosticismo, para todas las cosas que no se conocen científicamente, es absurdo, porque es antibiológico. Hay que vivir. Tú sabes que los fisiólogos han demostrado que, en el uso de nuestros sentidos, tendemos a percibir, no de la manera más exacta, sino de la manera más económica, más ventajosa, más útil. ¿Qué mejor norma de la vida que su utilidad, su engrandecimiento?
—No, no; eso llevaría a los mayores absurdos en la teoría y en la práctica. Tendríamos que ir aceptando ficciones lógicas: el libre albedrío, la responsabilidad, el mérito; acabaríamos aceptándolo todo, las mayores extravagancias de las religiones.
—No, no aceptaríamos más que lo útil.
—Pero para lo útil no hay comprobación como para lo verdadero —replicó Andrés—. La fe religiosa para un católico, además de ser verdad, es útil; para un irreligioso puede ser falsa y útil, y para otro irreligioso puede ser falsa e inútil.
—Bien, pero habrá un punto en que estemos todos de acuerdo, por ejemplo, en la utilidad de la fe para una acción dada. La fe, dentro de lo natural, es indudable que tiene una gran fuerza. Si yo me creo capaz de dar un salto de un metro, lo daré; si me creo capaz de dar un salto de dos o tres metros, quizá lo dé también.
—Pero si se cree usted capaz de dar un salto de cincuenta metros, no lo dará usted por mucha fe que tenga.
—Claro que no; pero eso no importa para que la fe sirva en el radio de acción de lo posible. Luego la fe es útil, biológica; luego hay que conservarla.
—No, no. Eso que usted llama fe no es más que la conciencia de nuestra fuerza. Esa existe siempre, se quiera o no se quiera. La otra fe conviene destruirla; dejarla es un peligro; tras de esa puerta que abre hacia lo arbitrario una filosofía basada en la utilidad, en la comodidad o en la eficacia, entran todas las locuras humanas.
—En cambio, cerrando esa puerta y no dejando más norma que la verdad, la vida languidece, se hace pálida, anémica, triste. Yo no sé quién decía: la legalidad nos mata; como él podemos decir: la razón y la ciencia nos apabullan. La sabiduría del judío se comprende cada vez más que se insiste en este punto: a un lado, el árbol de la ciencia; al otro, el árbol de la vida.
—Habrá que creer que el árbol de la ciencia es como el clásico manzanillo, que mata a quien se acoge a su sombra —dijo Andrés burlonamente.
—Sí, ríete.
—No, no me río.
—No, no aceptaríamos más que lo útil.
—Pero para lo útil no hay comprobación como para lo verdadero —replicó Andrés—. La fe religiosa para un católico, además de ser verdad, es útil; para un irreligioso puede ser falsa y útil, y para otro irreligioso puede ser falsa e inútil.
—Bien, pero habrá un punto en que estemos todos de acuerdo, por ejemplo, en la utilidad de la fe para una acción dada. La fe, dentro de lo natural, es indudable que tiene una gran fuerza. Si yo me creo capaz de dar un salto de un metro, lo daré; si me creo capaz de dar un salto de dos o tres metros, quizá lo dé también.
—Pero si se cree usted capaz de dar un salto de cincuenta metros, no lo dará usted por mucha fe que tenga.
—Claro que no; pero eso no importa para que la fe sirva en el radio de acción de lo posible. Luego la fe es útil, biológica; luego hay que conservarla.
—No, no. Eso que usted llama fe no es más que la conciencia de nuestra fuerza. Esa existe siempre, se quiera o no se quiera. La otra fe conviene destruirla; dejarla es un peligro; tras de esa puerta que abre hacia lo arbitrario una filosofía basada en la utilidad, en la comodidad o en la eficacia, entran todas las locuras humanas.
—En cambio, cerrando esa puerta y no dejando más norma que la verdad, la vida languidece, se hace pálida, anémica, triste. Yo no sé quién decía: la legalidad nos mata; como él podemos decir: la razón y la ciencia nos apabullan. La sabiduría del judío se comprende cada vez más que se insiste en este punto: a un lado, el árbol de la ciencia; al otro, el árbol de la vida.
—Habrá que creer que el árbol de la ciencia es como el clásico manzanillo, que mata a quien se acoge a su sombra —dijo Andrés burlonamente.
—Sí, ríete.
—No, no me río.
lunes, 10 de octubre de 2016
El baile de los ahorcados: El árbol de la ciencia (fragmento) de Pío Baroja
El baile de los ahorcados: El árbol de la ciencia (fragmento) de Pío Baroja: Ya la ciencia para vosotros, dijo Iturrioz, no es una institución con un fin humano, ya es algo más; la habéis convertido en ídolo. Hay ...
miércoles, 5 de octubre de 2016
Enrique Dussell sobre el coito
"El coito es una de las experiencias meta-físicas privilegiadas del ser humano. Es un acceso al ámbito de la realidad más allá de la luz, del mundo, de la ontología. Es un ir más allá de la razón hasta donde el deseo nos lleva como satisfacción del deseo del Otro." Enrique Dussell
lunes, 26 de septiembre de 2016
ESTÉTICA DE LA EXISTENCIA EN LOS FILÓSOFOS PERROS
Los
filósofos cínicos son conocidos como perros. Cynós es perro en griego. En las
afueras de Atenas, se encontraba el Cinosargo, gimnasio donde Antístenes,
fundador del cinismo, impartía sus enseñanzas. No se sabe a ciencia cierta de
dónde proviene el nombre del gimnasio. Michel Onfray nos cuenta la leyenda de
un perro que se robó un trozo de carne ofrecida a Hércules, entonces quien
pondría dicha ofrenda pide consejo al oráculo de Delfos sobre qué hacer, este
le propone que construya lo que posteriormente se llamaría el Cinosargo como
tributo al mencionado episodio con el perro. Otros dicen que su nombre es en
honor a cerbero, el perro de tres cabezas que cuida el mundo de los muertos. Si
bien el epíteto que se les atribuye a los filósofos perros proviene del
Cinosargo, les encaja de manera ajustada al comportamiento que llevaban estos
filósofos: hacían sus necesidades en público (comían, excretaban, tenían
relaciones sexuales o se masturbaban a la vista de todos). Recordemos que la
filosofía que se conoce como helenística (posterior a la muerte de Alejandro
Magno) deja atrás el estudio de la cosa, de la idea y se inclina más hacia lo
axiológico, hacia la pregunta del cómo vivir, cómo comportarse, al saber vivir,
a la virtud, hacia la ética pero también hacia una estética de la existencia,
como diría Michel Foucault, donde la vida misma puede ser una obra de arte.
![]() |
| Jean-Léon Gérôme |
La
vida de estos perros parecía una obra de arte, un performance constante, unos
personajes con vestuarios que se han convertido en símbolos, como el palio, el
zurrón y el báculo que solían cargar. Al parecer a ninguno de estos filósofos,
le molestaba que lo llamaran perro, de hecho otra anécdota sacada de Onfray,
nos dice que Diógenes de Sínope, discípulo de Antístenes, le insistía a
Polixeno que lo llamara perro, al ver el cínico la incomodidad en el otro, le
dice: "Tú también llámame perro. Diógenes, para mí, no es más que un
sobrenombre; soy, en efecto, un perro, pero me cuento entre los perros de raza,
los que velan por sus amigos". Admiraban del perro su manera de actuar,
sin ir pendientes de las vanidades ni el qué dirán, ellos proclamaban que no
necesitaban nada más para estar completos, para ser felices, promulgadores de
la autarquía, no estaban interesados en poseer, en tener; es por eso que se
alejaban del lujo, comían cuando se podía, proclamaban elocuentes discursos y
al mismo tiempo ladraban, mostrando los colmillos a quienes no les caían bien.
Querían demostrar la hipocresía del mundo, desmontar las falsedades.
Para los cínicos la verdad no está afuera, la
práctica de una vida sencilla es la verdad, está dentro de nosotros. Ellos
proponían que la filosofía debería servir para el buen vivir. Preguntado qué
había sacado de la filosofía, Antístenes respondió: “Poder comunicar conmigo
mismo”. Por su parte, Diógenes, viendo a un joven que filosofaba, le dijo: “¡Grandemente!,
tú induces a los adoradores del cuerpo a la belleza del alma.” Y a uno que se
consideraba un hombre inepto para la filosofía le dijo: «Pues ¿por qué vives si
no piensas en vivir bien?» De estas anécdotas contadas por Diógenes Laercio,
podríamos sintetizar que Antístenes y Diógenes consideran que la filosofía nos
es útil para comunicarnos con nosotros mismos, lo que nos conduce a tener un
alma bella, o sea a vivir bien. El gnóthi seautón para una existencia bella y buena.
La idea de una búsqueda en el interior de nosotros
mismos era defendida por Sócrates. En tal sentido, observamos la influencia que
marcó Sócrates en filósofos posteriores. Al contrario de los presocráticos,
quienes se empeñaban en buscar la verdad en la naturaleza y de Platón que
sostenía que la verdad se encontraba en otro mundo, otros filósofos influenciados
por Sócrates, como los cínicos, los escépticos, los estoicos, escudriñaban
respuestas dentro de sí mismos. Sócrates da pie a que aparezca el cinismo y
este da apertura a que aparezca el estoicismo. Podemos llegar desde Sócrates
hasta el estoicismo en relación de maestro-discípulo, es decir: entre los
discípulos que tuvo Sócrates, se encontraba Antístenes, este tuvo como
discípulo a Diógenes, quien, a su vez fue maestro de Cretas de Tebas y este de
Zenón de Citia, fundador del estoicismo. Todos ellos tienen en común la
relevancia que le dan a la virtud. Laercio afirma: “Antístenes fue quien
condujo a Diógenes a su tranquilidad de ánimo, a Crates a su continencia y a
Zenón a su paciencia”.
Antístenes, antes de Sócrates, fue discípulo de
Gorgias. Diógenes Laercio relata que “de todos los socráticos, sólo a éste
celebra Teopompo”. Este último expresó que Antístenes fue muy hábil, y que “con
la elegancia de su conversación captaba a cualquiera”. Podríamos argüir que
aprendió lo que pudo de los sofistas, la elocuencia quizás, la manera de
expresarse a la que muchos sorprendía, pero
esto no le bastaba, ahí no estaba la verdad; la cual le preocupaba
profundamente. Entre sus principales discursos y diálogos podríamos encontrar
una referencia frecuente hacia la verdad. Al igual que en su discípulo de
Sínope a quien le preguntaron, en cierta ocasión, qué era lo más bello que
había en los hombres, y respondió: la parrhesia (el hablar franco).
En las clases dictadas por Foucault en el Collège de
France, publicadas con el título de El coraje de la verdad, plantea un estudio
sobre la parresía, sobre la práctica de la verdad, el hablar y ser franco.
Foucault diferencia entre tres tipos de verdades: la verdad del profeta, la que
él llama verdad del sabio y la parresía. Mientras la primera habla en nombre de
dioses y de futuros inciertos, la segunda es la verdad que posee el sabio pero
calla, porque la verdad suele doler o incomodar, entonces mientras los demás
viven en la falsedad, el sabio decide callar su verdad porque no le será
escuchada; la parresía se manifiesta como el acto de ser franco en toda
situación, en expresar la verdad aunque moleste, en cualquier momento donde se
presente una mentira, un engaño, quien practica la parresía está con ánimos de
desenmascararla aunque esto signifique la reprobación de todos. Foucault
afirmaba que los cínicos eran grandes practicantes de la parresía.
El cinismo, en la práctica
cínica, la exigencia de una forma de vida extremadamente acusada -con reglas,
condiciones o modos muy caracterizados, muy bien definidos- se articula de
manera muy vigorosa con el principio del decir veraz, el decir veraz sin
vergüenza ni miedo, el decir veraz ilimitado y valeroso, el decir veraz que
lleva el coraje y la osadía hasta convertirse [en] intolerable insolencia. Esa
articulación del decir veraz con el modo de vida, ese vínculo fundamental,
esencial en el cinismo, entre vivir de cierta manera y consagrarse a decir la
verdad, son tanto más notables cuanto que, de algún modo, se forjan de
inmediato, sin mediación doctrinal o, en todo caso, dentro de un marco teórico
bastante rudimentario. (Foucault, p.176)
Aparte
de la verdad, el deseo es un tema frecuente en los cínicos. “Primero maniático
que voluptuoso” solía decir Antístenes. Cabe destacar, que estos filósofos eran
en cierta medida ascéticos. Gran parte de ellos suprimían o intentaban no hacer
casos de sus deseos, al menos de ciertas necesidades como el hambre o la sed.
Sin embargo esta represión de los deseos no se aplicaba a lo sexual, ya que no
se retraían en satisfacer sus necesidades sexuales, incluso en público, según
lo que nos cuentan quienes hablan de ellos. Siempre se habla de un Diógenes que
se masturba en público, a quien no le interesan las miradas hostiles. Al igual
que se cuenta que Crates e Hiparquía tenían relaciones sexuales en cualquier
lugar a plena luz del día.
Esta
última es una de las primeras filósofas que se conoce en la historia. En la
antigüedad las mujeres no se dedicaban mucho a la filosofía, algunos filósofos
desprestigiaban el raciocinio femenino. Se dice que de las primeras mujeres que
se inclinaron hacia la filosofía se encuentran en el pitagorismo. También se
habla de Aspasia de Mileto y posteriormente de Hipatia, quizá la más importante
de la antigüedad. Así destacamos a Hiparquía como un símbolo de emancipación
femenina. A Teodoro el Ateo, quien de manera burlesca le reprochaba por ser
mujer y filósofa le responde: "¿Crees
que he hecho mal en consagrar al estudio el tiempo que, por mi sexo, debería
haber perdido como tejedora?". Tras su muerte, declararon en Atenas
una fiesta anual en su honor denominada Kynogamia,
que vendría siendo un
día en el que se le da la bienvenida a la mujer a la filosofía cínica.
Cabe
destacar, de manera biográfica, muchos de estos personajes, así como tuvieron
una vida emblemática, de igual modo tuvieron una muerte de la misma magnitud.
Peregrino Proteo se suicidó quemándose durante los Juegos Olímpicos de 165 d.
C., era considerado como una especie de enlace con la divinidad y le erigieron
una estatua. Otros, también considerados guías espirituales, como Demónax, y
Crates, murieron de hambre.
Estos filósofos no manejaban una teoría, en el
sentido de conceptos y categorías filosóficas. Casi ninguno de ellos dejó obra
escrita de filosofía, algunos, cuando escribían se expresaban de manera
literaria como las sátiras de Medipo de Gadara; otros incursionaron en la
gramática, como Zoilo. Sin embargo, al referirnos a los cínicos se tratan
ciertos temas recurrentes, como la verdad, la virtud, la autarquía, la ética,
que son tomados en cuenta a través de la historia. Desde Séneca quien era amigo
de Demetrio y en De Beneficiis, lo
halaga calificándolo como un “hombre rigurosamente perfecto en su
sabiduría, aunque él sea el primero en negarlo todo; de una lógica inflexible
en su línea de conducta; de una elocuencia adecuada a los pensamientos más
viriles, sin ornamento, sin búsqueda laboriosa de la expresión, pero que
persigue [impnus tulit] con un orgullo soberbio, al azar de una fogosa
inspiración, la exposición de ideas personales"; pasando por Nietzsche quien
dijo que “el cinismo es la única fuerza bajo la cual las almas vulgares rozan
lo que se llama sinceridad”; hasta Foucault —como ya vimos— podemos encontrar
influencias de los canes filósofos.
Mártir de la verdad entendido en
el sentido de "testigo de la verdad": testimonio dado, manifestado,
autentificado por una existencia, una forma de vida en el sentido más concreto
y material del término, testimonio de verdad dado por y en el cuerpo, el
vestido, el modo de comportarse, la manera de actuar, de reaccionar, de
conducirse. El cuerpo mismo de la verdad se vuelve visible, y risible, en
cierto estilo de vida. La vida como presencia inmediata, clamorosa y salvaje de
la verdad: eso es lo que se manifiesta en el cinismo. E incluso: la vida como
disciplina, como ascesis y despojamiento de la vida. La verdadera vida como
vida de verdad. (Foucault, M. El coraje de la verdad, p.187)
Pese a los miles de elogios que han tenido los
cínicos, se encuentran también las críticas que otros han hecho de su forma de
vida. Teofrastro, cita Onfray, retrata de esta manera a un cínico:
es un hombre que maldice y tiene
una reputación deplorable. Es sucio, bebe y nunca está en ayunas. Cuando puede
hacerlo, estafa y golpea a quienes descubren el engaño antes de que puedan
denunciarlo. Ninguna actividad le repugna: será patrón de una taberna y, si es
necesario, encargado de un burdel, pregonero e incluso, si se quiere, recaudador
de impuestos. Ladrón, habituado a las comisarías y a los guardias civiles, a
menudo se lo encuentra, locuaz, en la plaza pública, a menos que se convierta
en abogado de todas las causas, aunque sean las más indefendibles. Prestamista
con fianza, tiene además la soberbia de un mañoso y no cuesta mucho imaginarlo
como el gánster emblemático: "Puede vérselo haciendo su ronda -escribe
Teofrasto-, entre los taberneros y los vendedores de pescado o salazones, para
cobrar sus ganancias".' Para completar el cuadro, no olvidemos que el
cínico deja sin sentir vergüenza que su madre se muera de hambre. (Onfray:
Cinismo. Retrato de los filósofos perros)
Luciano de Samosata, en algunos de sus textos, como
en Los fugitivos y La almoneda de
los filósofos, ataca a la
filosofía en general, y hace énfasis en el cinismo y en cínicos como Peregrino,
aunque elogia a Demónax en Vida de Demónax. Por su lado, Juliano,
el emperador, también dirige comentarios despectivos contra los cínicos en sus
discursos “Contra el cínico Heraclio” y “Contra los cínicos incultos”.
Por otro lado, en Alemania entre el siglo XIX y XX,
varios autores (entre ellos, Tilich) han
tratado el tema del cinismo y han diferenciado un cinismo antiguo de un
moderno. Por un lado tenemos el Kynismus y por el otro al Cynismus. Mientras
que el primero trata, en efecto, la manera de pensar y vivir según venimos
tratando, el Cynismus se referiría —en cierto modo— a lo que normalmente
conocemos como cinismo en nuestros días. Un cínico, según entendemos, más que
un hombre virtuoso es un sinvergüenza. Peter Sloterdijk publica en 1983 su
libro “Crítica a la razón cínica” donde califica al cinismo como la “falsa
conciencia ilustrada”. Sloterdijk afirma que el cinismo nace como una filosofía
plebeya, pero transcurrido el tiempo, el poder burgués ha tomado aspectos del
cinismo en el sentido en que ironiza la ética y las convenciones sociales, pero
a su vez “produce un distanciamiento” se convierte en un “malicioso
indvidualista”, por ende en la cultura tanto urbana como cortesana se va
acumulando un saber mundano, existe una nostálgica idolatría a la conciencia de
la ilustración, lo que en la modernidad llama Sloterdijk: conciencia enferma de
ilustración. Sin embargo las conciencias son irreversibles, expresa el filósofo
alemán. Sloterdijk expone que esta falsa conciencia de la ilustración ha dado
pie, en cierto sentido al nazismo. Este filósofo nos da el ejemplo de la
república de Weimar, donde cierta “lógica de estructura cínica” se masifica, y
empeñados en la búsqueda de la autoafirmación y el conocimiento pareciera que
los “medios para dar validez a los conocimientos parecen, incluso, más importantes
que los conocimientos mismos”.
En
relación con lo anterior nos queda cierto estupor o estado de prevención con el
cinismo. Por un lado, lo correcto parecería practicar el hablar franco, la
búsqueda de la virtud, de una vida con un estilo bello; debemos tomar del
cinismo la humildad. Sin embargo, tenemos que por otro lado no podemos
masificar una verdad impuesta a la fuerza ni reírnos de o vituperar a quienes
no posean la verdad en sus manos.
BIBLIOGRAFIA
Foucault,
M, El coraje de la verdad. Fondo de
Cultura económica, 2010.
Laercio,
Diógenes, Vida, opiniones y sentencias de
los filósofos más ilustres. Biblioteca Virtual
Onfray, M, Cinismos.
Retrato de los filósofos llamados perros. Editorial Paidós, 2002
Sloterdijk, P. Crítica
a la razón cínica. Ediciones ciruela, 2003.
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