miércoles, 29 de noviembre de 2017

HORMONAS, SEXO Y HUMOR

En parte somos esclavos de ellas. Ellas definen una porción de nuestro comportamiento. Nos hacen sentir emociones: tristeza, alegría, estrés, amargura, incluso amor. Según las hormonas que en mayores cantidades estén segregando nuestro cuerpo, podría depender nuestro humor. Son clásicos los comentarios sobre la menstruación y el cambio de carácter, por el simple hecho de que en ese momento participan ciertas hormonas, las cuales pueden hacernos sentir de tal modo, por supuesto afectando a unas mujeres más que a otras. Asimismo, lo que hacen las drogas es activar la producción de ciertas hormonas que nos hacen sentir de cierta manera.
En la necesidad fisiológica que probablemente más disfrutamos, el sexo, participan tremendamente las hormonas y estas en nuestra manera de ser.
Existen dos hormonas, que tienen gran importancia en cuanto a la relación entre nuestro humor y el sexo. Por una parte, la Oxitocina y por la otra la Dopamina.
La oxitocina, hormona segregada luego de tener relaciones sexuales, nos hace sentir tan bien que la llaman la hormona del amor. Producida en el hipotálamo y llevada hasta la glándula pineal, es la hormona responsable de enamorarnos de quien nos ha causado placer sexual. Debido al bienestar que nos produce, desarrollamos aprecio por nuestros compañeros sexuales.
Por su parte, la dopamina es una hormona que sube sus niveles durante la excitación sexual, dese el preámbulo, y es la misma que aumenta su producción bajo sustancias como la cocaína y la metanfetamina. O sea que podríamos relacionar la euforia que sentimos cuando nos vamos excitando sexualmente, con la que siente alguien que está consumiendo cocaína. Estoy seguro que más de uno, al leer esto, se imaginará cuán alto van subiendo los niveles de Dopamina en alguien que esté consumiendo cocaína y al mismo tiempo esté entrando en estado de erección o humedad vaginal.

De igual modo, cuando hablamos de lo que define a nuestra manera de sentirnos, suele hablarse de la serotonina. Cuando decimos serotonina, hablamos de un neurotransmisor que influye tremendamente en nuestro humor, marcando nuestro ánimo y personalidad. Existe una relación directa entre la depresión o la alegría y el sexo, según el nivel de serotonina que tengamos. Resulta extraño, pero al parecer las personas muy alegres tienen menos deseo sexual que las depresivas. Ojo: sus ganas son menos constantes, no significa que tengan menos o peor sexo que los demás. Cuando el nivel de serotonina es elevado tiende a ocasionar cierta inhibición de la función sexual, pero al mismo tiempo las personas con alto nivel de serotonina son presas de un estado de alegría. Y por el contrario, cuando la cantidad de serotonina baja, solemos tener personas con una personalidad más melacncólica. De hecho, no resulta tan contradictorio si lo vemos desde el punto de vista de que un cuerpo con bajo niveles de seretonina, quien se siente triste, para compensar busca la excitación y bienestar que le causa, respectivamente, la dopamina y la oxitocina. De hecho, los antidepresivos lo que hacen es aumentar la concentración sináptica de serotonina; pero como efecto secundario suele disminuir el apetito sexual. Incluso en casos de eyaculación precoz o de personas que no pueden controlar sus instintos sexuales, personas con parafilias, por ejemplo, se les suele recetar pequeñas dosis de antidepresivos.
Como se ha podido estudiar es que las hormonas juegan un papel fundamental en la manera de vivir. Y lo que se trata de conseguir, como en casi todos los aspectos de la vida, es cierto equilibrio y consciencia de al menos una parte de lo que somos.






lunes, 6 de noviembre de 2017

Primer párrafo de Jacob Van gunten, escrito por Robert Walser


Aquí se aprende muy poco, falta personal docente y nosotros, los muchachos del Instituto Benjamenta, jamás llegaremos a nada; es decir, que el día de mañana seremos todos gente muy modesta y subordinada. La enseñanza que nos imparten consiste básicamente en inculcarnos paciencia y obediencia, dos cualidades queprometen escaso o ningún éxito. Éxitos interiores, eso sí. Pero ¿qué ventaja se obtiene de ellos? ¿A quién dan de comer las conquistas interiores? A mí me encantaría ser rico, pasear en berlina y malgastar dinero. Una vez comenté esto con mi condiscípulo Kraus, pero él se limitó a encogerse de hombros despectivamente, sin concederme una sola palabra. Kraus tiene principios, va bien sujeto a su silla, montado sobre la satisfacción, y es éste un rocín al que los amantes del galope prefieren no subirse.


Fuera del Instituto Benjamenta | Carlos Yusti | Notas desabrochadas | Ciudad Letralia

Fuera del Instituto Benjamenta | Carlos Yusti | Notas desabrochadas | Ciudad Letralia





Carlos Yusti sobre Jakob Von Gunten

Epígrafe de Las tribulaciones del estudiante Törless

Apenas expresamos algo lo empobrecemos singularmente. Creemos que nos hemos sumergido en las profundidades de los abismos y cuando volvemos a la superficie la gota de agua que pende de la pálida punta de nuestros dedos ya no se parece al mar del que procede. Creemos que hemos descubierto en una gruta maravillosos tesoros y cuando volvemos a la luz del día sólo traemos con nosotros piedras falsas y trozos de vidrio; y sin embargo en las tinieblas relumbra aún, inmutable, el tesoro.” 
Maurice Maeterlinck

jueves, 31 de agosto de 2017

EL DOBLE ARTE DE MORIR - José Balza








1
Desde la cama Benito puede ver la luz fugitiva del sol que, como una crema, tiñe los bordes de la montaña y las partes altas de los otros edificios. Acaba de tener el cuerpo cálido y jugoso de Marina Luz, sus murmullos de gusto, de sueño. No hay duda, ha encontrado por fin a la mujer indicada, fuerte y permeable, siempre dispuesta al goce y a las responsabilidades. Con ella, se dice, ¿hasta el fin?

La deja dormir y salta desnudo hacia el baño; pulsa el control: por la televisión las imágenes de una mujer que ha velado durante un mes, encerrada, a su hermano muerto. 

Al salir, ve que Marina Luz gira y que las sábanas son una invitación a quedarse junto a ella. Los pliegues reciben zonas doradas que el amanecer envía desde la montaña. Duda por un momento, pero va a la cocina. Le dejará café hecho. Por la radio el locutor comenta la muerte de un taxista, cincuenta años, afecto al gobierno. Apareció por Quebrada Honda, sin señales de violencia y tenía puesto un condón. De manera automática, Benito se ríe. Apaga los dos aparatos.

Sale del apartamento; es temprano, pero la luz ya no corona los montes. Hoy no usará su auto. Es curioso, desde su ventana la urbanización está nutrida por árboles y la calle se ve impecable, pero basta un pequeño recorrido para que el barrio de viviendas pobrísimas y escalinatas rotas, aparezca. En un kiosko lee los titulares: mientras medio país recoge firmas para echar al presidente, el otro medio país lo respalda.

Aprieta el maletín de piel, como si protegiera en exceso los papeles habituales. Aún resultaría fácil abordar el bus, lo cual le permitiría gozar un poco más de la claridad y de esta, todavía, hora dulce de la ciudad. Se detiene en la parada, pero la cola es mayor de lo que imaginaba, y los vehículos pasan llenos.

Mejor el metro, se dice; sólo tiene que recorrer tres cuadras. Sin embargo, cuando apenas ha avanzado, encuentra un tumulto: gente que grita, manotea, se insulta entre sí y mira hacia la ventana más baja de un edificio. Quiere alejarse, cruzar la calle. Pero otro hombre, como de su edad, que sale del edificio, murmura solo. Benito se detiene, lo escucha y le atiende, como si fueran amigos. Una buena manera de saber lo que pasa.

—¡Quería vender a la niña! Se le fue la mano.

—¿Qué pasa, de qué se trata?

—Nada, el travesti del 7B que había secuestrado, vestido de enfermera, a una recién nacida. Parece que quería venderla por varios millones. Pero ¡qué bolas! Lo descubrieron por el llanto de la niña, ¿no se le pudo ocurrir algo mejor?

2
Una semana después, todo le sucede cuando ya se marchaba.

—He perdido un amigo –se dijo.

Y también: “Y con él, la mejor forma de morir”.

Para colmo, el ascensor tardó en cerrarse, de tal manera que el rostro de su amigo aún le sonreía desde adentro, junto a alguna otra cara de la oficina.

¿Cómo podía haberle indicado, apenas unos segundos antes: “Tengo algo de que hablarte”, con tono urgente, y sin embargo haber entrado al ascensor en vez de detenerse un momento y hablar de lo que fuera?

Su pensamiento se aceleró y a medida que caminaba hacia el sótano donde estaba el auto, de algún modo volvió a repetir que se trataba de una despedida o, por lo menos, de un cierre para su vieja relación.

La frase también hubiera podido sugerir que lo llamara más tarde, y en otras circunstancias no habría dudado en hacerlo. Pero el encuentro en el ascensor estaba ligado a importantes pequeños detalles. Y a pesar de su ambigüedad, para él aquélla era concisa. “Hablar” en este caso quería decir que no tenían por qué hacerlo. El motivo importante habría requerido de que el otro saliera del ascensor y soltara unas pocas palabras. Su mensaje era una negación.

Ramón Antonio es uno de sus amigos más antiguos. Aunque en disciplinas diferentes, la agitada vida política de la universidad, hace tiempo, los reunió dentro de un grupo de activistas contra las dictaduras militares.

Meses atrás conversaron como tantas veces:

—Pero, Benito, ¿vas a casarte otra vez? ¿Tú crees que eso es un deporte?

—Mira, ya sabes que no me gustan las parejas momentáneas. Me gusta tener una mujer para mí y la comodidad del hogar.

—Pero Marina Luz es muy joven para ti, y perdona que te lo repita.

—No importa, Ramón Antonio, si la cosa no resulta, me divorcio.

—Por eso te lo digo. ¿Por qué no viven juntos y después se casan? Así no tendremos que calarnos tu despecho cuando se separen. ¿Cuántos divorcios llevas ya, de verdad?

—No importa. Mejor es no recordar eso, amigo. Bebamos algo y hablemos de otra cosa.

—¿De política? Ya no me interesa. Cada movimiento nuevo, ofreciendo que todo será distinto, lo que hace es dañar más a la gente.

—Bueno, la política es para jóvenes obsesivos o para viejos zorros. Tampoco yo te hablaría de eso.

—¿Entonces?

—Sé que estás muy bien, que tus hipótesis sobre el desarrollo deportivo del país no sólo se han cumplido, sino que parecen materia de exportación para el resto del continente. Cómo me complace, hermano, ver tu nombre en la prensa y saber de tus éxitos. Pero aunque quiera casarme y aunque me siento casi perfecto de salud, ¿me permites volver a un problemita del que hablábamos en nuestra juventud?

—¿Cuál de tantos?

—Oye, a pesar de que fuimos a la vez muy locos y disciplinados, y aunque nos propusimos mil cosas, hubo una de la cual no hemos vuelto a hablar y que cada vez me parece más importante…

—A ver…

—Aquella cosa de morirnos. Tuvimos amigos que murieron por el alcohol, otros por drogas, accidentes y hasta del corazón. Pero nosotros hablábamos, ¿recuerdas?, con cierta lucidez…

—De lo que ahora llaman eutanasia o algo así.

—No exactamente, creo.

—Mira, ya que tocas el tema…voy a decirte algo muy privado. Fíjate que mi hermano, ¿te acuerdas de él?, el menor de todos en mi familia, el médico, ha hecho algo que me parece admirable y que en nuestra época hubiéramos celebrado casi públicamente. En cambio, es un secreto, por supuesto. Nuestra viejita, la abuela, venía en un taxi con mi hijo, hubo un choque, hace meses, y quedó viva pero muy mal. Mi hermano nos consultó y estuvimos de acuerdo, había que evitarle el sufrimiento. Él la ayudó a morir.

—¡Ramón Antonio! Pero si de eso se trata. Hay que morir antes de enfermarse. Y no me refiero al accidente de la abuela. De morir en el momento oportuno, de no llegar al deterioro –físico o mental—, aunque eso tampoco importa, lo esencial es saber desear y elegir el momento, el minuto decisivo de tu voluntad. 

— Es distinto.

—No, amigo, se trata de aquello que tanto mencionamos en nuestra juventud.

—Bueno, ¿y quién querría hacer hoy tal cosa?

—Yo.

—Es interesante, pero ¿por qué?

—Por nada, por estar bien y querer desaparecer inteligentemente, sin atravesar el sufrimiento propio o el de los demás, con la ayuda de un médico muy consciente y de alguna adecuada medicina, sin dolores, como te decía, sin traumas, en paz.

—¡Qué cosas se te ocurren!

—Hablo en serio, Ramón Antonio. ¿Me pondrías en contacto con tu hermano, podríamos hablarle de esto?

—Pidamos una copa más. No veo inconveniente, Benito.

—Cómo te lo agradezco, claro que beberé esta y la otra. ¿Prometido el asunto?

—¡Sí!

—Bueno, te llamaré en el momento oportuno. Y perdona que insista un poco más sobre el tema, para que no creas que, además del matrimonio, hay otra cosa que me haya vuelto loco. Es que lo he pensado. Creo que todos hemos escuchado aquello de que pensar en la muerte es cosa de hombres sabios, de filósofos. Ni tú ni yo lo somos. O a lo mejor tú eres más sabio que yo.

—No te burles, digamos que estamos por graduarnos en eso.

—Acepto el chiste, significa que nos entendemos.

—Por supuesto.

—Pero la conclusión a la que llego, hermano, es que, y no te rías, morir es un arte. Recuerdo que algunos antropólogos estudian el tema, en tribus. Y que entre los romanos y japoneses antiguos era una tradición. ¿No?

—Es verdad.

—Pero allí intervenía un factor de honor, de castas, de orgullo. Eso no me interesa. Tampoco la loquera de quien se cuelga por despecho, como en las teleculebras. 

—¿Si? ¿En las serias, las hay?

—No lo sé, debería haberlas. Y no me vengas con otra gracia, Ramón Antonio. Lo que creo es que la muerte se ha banalizado, aunque llegar a su límite sea una experiencia irreversible, definitiva. ¿Quién le tiene miedo a Dios? ¿O al vacío infinito?

—Tal vez yo.

—Pero se trata de mí. Te lo digo de otro modo: el suicidio ya no es una forma adecuada de morir. O lo es en el mundo rural; imagínate el fastidio de todo eso en estas ciudades. ¿Por qué meter a familiares o amigos en esa complicación?

—Estoy de acuerdo. ¿Y qué propones tú?

—Por lo menos, lo higiénico, lo civilizado. Y también el gusto o el arte. Quien va a morir, con la ayuda necesaria, elige día y hora, sitio, comodidad. ¿Bebe un poco de champán horas antes? ¿Escucha su música preferida? ¿Hace el amor? Y quien esté en el secreto, colabora con la eficacia del acto, algún documento, etc. Para nacer no nos consultan, Ramón: es algo primario. Morir requiere de equilibrio, de una convicción. Es un gesto elemental, pero importante. Elaborado como un deseo supremo. No se trata de algo para desesperados, para locos. Te lo digo, es un gesto de juicio, estético tal vez. Al fin y al cabo acoge nuestro máximo grado de voluntad. Tampoco es un consuelo contra el mundo, el mundo es magnífico, pero cansa. No entiendo por qué no se ha establecido una Sociedad –secreta, por ahora—para la práctica de este arte.

—¡Qué discurso, Benito! ¿Y tú vas a casarte con esa chica tan bella y joven?

—Una cosa no tiene nada que ver con la otra. Ella lo comprendería, pero es un asunto mío.

—Ya veo.

—¿De verdad reconoces lo importante de mi conversación con tu hermano?

—Sí.

3
Eso habían acordado, pero aunque encontró otras veces en fiestas de amigos o en este mismo edificio, a Ramón Antonio, cordialísimo siempre, no hablaron mucho.

Claro que él volvió a casarse y todo va bien. La chica es una compensación maravillosa. Y considera que aún no ha llegado el momento de solicitar la conversación con el hermano de Ramón Antonio. Pero hace un año pensó que su amigo parecía evadirlo. Lo vio venir por un pasillo y de pronto desapareció; semanas después, en un restaurante, notó que el otro se retiraba con disimulo cuando él entró.

Por último, hoy casi fue rechazado por el amigo a las puertas del ascensor. La sutil frase no podía engañarlo. Ramón Antonio tiene miedo de hablar con él, de que le pida cumplir con el compromiso.

—Pero el asunto ni siquiera es con él. Qué atrasado, ¿cómo puede acabarse una amistad por algo así?—se dice Benito, moviendo la cabeza—No sabe que ya vivimos el tiempo de ganarle a la muerte, de anticiparnos.

(Publicado en El doble arte de morir, Caracas, Ediciones B, 2008)

texto e imagen tomados de http://delamanchaliteraria.blogspot.com/2009/11/el-doble-arte-de-morir.html#.Wag_BpgCYpA.blogger

martes, 1 de agosto de 2017

Milosc od pierwszego wejrzenia (Amor a primera vista) -Zbigniew Preisner




El compositor polaco Zbigniew Preisner suele trabajar con el director y compatriota Krzysztof Kieslowski, director de la trilogía Tres colores (Azul, Rojo y Blanco [los colores de la bandera francesa]). El video muestra escenas de la película Tres colores: Rojo; música de Zbigniew Preisner; canta Zbigniew Zamachowski, actor en tal película; y la letra es tomada del poema de otra polaca: Wislawa Szymborska.


AMOR A PRIMERA VISTA

Ambos están convencidos
de que los ha unido un sentimiento repentino.
Es hermosa esa seguridad,
pero la inseguridad es más hermosa.

Imaginan que como antes no se conocían
no había sucedido nada entre ellos.
Pero ¿qué decir de las calles, las escaleras, los pasillos
en los que hace tiempo podrían haberse cruzado?

Me gustaría preguntarles
si no recuerdan
-quizá un encuentro frente a frente
alguna vez en una puerta giratoria,
o algún "lo siento"
o el sonido de "se ha equivocado" en el teléfono-,
pero conozco su respuesta.
No recuerdan.

Se sorprenderían
de saber que ya hace mucho tiempo
que la casualidad juega con ellos,

una casualidad no del todo preparada
para convertirse en su destino,

que los acercaba y alejaba,
que se interponía en su camino
y que conteniendo la risa
se apartaba a un lado.

Hubo signos, señales,
pero qué hacer si no eran comprensibles.
¿No habrá revoloteado
una hoja de un hombro a otro
hace tres años
o incluso el último martes?

Hubo algo perdido y encontrado.
Quién sabe si alguna pelota
en los matorrales de la infancia.

Hubo picaportes y timbres
en los que un tacto
se sobrepuso a otro tacto.
Maletas, una junto a otra, en una consigna.
Quizá una cierta noche el mismo sueño
desaparecido inmediatamente después de despertar.

Todo principio
no es mas que una continuación,
y el libro de los acontecimientos
se encuentra siempre abierto a la mitad.
 
Wislawa Szymborska
 

miércoles, 26 de julio de 2017

Byung-Chul Han, La Agonía del Eros. (I, Melancolía)

Melancolía
Byung-Chul Han
“La agonía del Eros”

En tiempos recientes se ha proclamado con frecuencia el final del amor. Se piensa que hoy el amor perece por la ilimitada libertad de elección, por las numerosas opciones y la coacción de lo óptimo y que, en un mundo de posibilidades ilimitadas, no es posible el amor. También se denuncia el enfriamiento de la pasión. Eva Illouz, en su obra ¿Por qué duele el amor?, atribuye este enfriamiento a la racionalización del amor y a la ampliación de la tecnología de la elección. Pero estas teorías sociológicas desconocen que hoy está en marcha algo que ataca al amor más que la libertad sin fin o las posibilidades ilimitadas. No solo el exceso de oferta de otros otros conduce a la crisis del amor, sino también la erosión del otro, que tiene lugar en todos los ámbitos de la vida y va unida a un excesivo narcisismo de la propia mismidad. En realidad, el hecho de que el otro desaparezca es un proceso dramático, pero se trata de un proceso que progresa sin que, por desgracia, muchos lo adviertan.
El Eros se dirige al otro en sentido enfático, que no puede alcanzarse bajo el régimen del yo. Por eso, en el infierno de lo igual, al que la sociedad actual se asemeja cada vez más, no hay ninguna experiencia erótica. Esta presupone la asimetría y exterioridad del otro. No es casual que Sócrates, como amado, se llame atopos. El otro, que yo deseo y que me fascina, carece de lugar. Se sustrae al lenguaje de lo igual: «Atópico, el otro hace temblar el lenguaje: no se puede hablar de él, sobre él; todo atributo es falso, doloroso, torpe, mortificante». (1) La cultura actual del constante igualar no permite ninguna negatividad del atopos. Comparamos de manera continua todo con todo, y así lo nivelamos para hacerlo igual, puesto que hemos perdido precisamente la atopía del otro. La negatividad del otro atópico se sustrae al consumo. Así, la sociedad del consumo aspira a eliminar la alteridad atópica a favor de diferencias consumibles, hetera tópicas. La diferencia es una positividad, en contraposición a la alteridad. Hoy la negatividad desaparece por todas partes. Todo es aplanado para convertirse en objeto de consumo.
Vivimos en una sociedad que se hace cada vez más narcisista. La libido se invierte sobre todo en la propia subjetividad. El narcisismo no es ningún amor propio. El sujeto del amor propio emprende una delimitación negativa frente al otro, a favor de sí mismo. En cambio, el sujeto narcisista no puede fijar claramente sus límites. De esta forma, se diluye el límite entre él y el otro. El mundo se le presenta solo como proyecciones de sí mismo. No es capaz de conocer al otro en su alteridad y de reconocerlo en esta alteridad. Solo hay significaciones allí donde él se reconoce a sí mismo de algún modo. Deambula por todas partes como una sombra de sí mismo, hasta que se ahoga en sí mismo.
La depresión es una enfermedad narcisista. Conduce a ella una relación consigo mismo exagerada y patológicamente recargada. El sujeto narcisista-depresivo está agotado y fatigado de sí mismo. Carece de mundo y está abandonado por el otro. Eros y depresión son opuestos entre sí. El Eros arranca al sujeto de sí mismo y lo conduce fuera, hacia el otro. En cambio, la depresión hace que se derrumbe en sí mismo. El actual sujeto narcisista del rendimiento está abocado, sobre todo, al éxito. Los éxitos llevan consigo una confirmación del uno por el otro. Ahora bien, el otro, despojado de su alteridad, queda degradado a la condición de espejo del uno, al que confirma en su ego. Esta lógica del reconocimiento atrapa en su ego, aún más profundamente, al sujeto narcisista del rendimiento. Con ello se desarrolla una depresión del éxito. El sujeto depresivo del rendimiento se hunde y ahoga en sí mismo. En cambio, el Eros hace posible una experiencia del otro en su alteridad, que saca al uno de su infierno narcisista. El Eros pone en marcha un voluntario desreconocimiento de sí mismo, un voluntario vaciamiento de sí mismo. Una especial debilidad se apodera del sujeto del amor, acompañada, a la vez, por un sentimiento de fortaleza que de todos modos no es la realización propia del uno, sino el don del otro. En el infierno de lo igual, la llegada del otro atópico puede asumir una forma apocalíptica. Formulado de otro modo: hoy solo un apocalipsis puede liberarnos, es más, redimirnos, del infierno de lo igual hacia el otro. Del mismo modo, la película Melancholia, de Lars van Trier, comienza con el anuncio de un suceso apocalíptico, desastroso. Desastre significa, literalmente, no astro (lat. des-astrum). En el cielo nocturno, Justine descubre, en presencia de su hermana, una estrella resplandeciente de color rojo que más tarde se revela como un no astro. Melancholia es un desastrum con el que inicia su curso todo el  infortunio. Pero allí hay algo negativo de lo que parte un efecto salvador, purificador. En este sentido, «Melancholia» es un nombre paradójico, en la medida en que produce una cura para la depresión como una forma especial de la melancolía. Se manifiesta como el otro atópico que saca a ]ustine del pozo narcisista. Así, florece realmente ante el planeta que trae la muerte.
El Eros vence la depresión. La relación tensa entre amor y depresión domina desde el principio el discurso de la película Melancholia. El preludio de Tristán e Isolda, que flanquea musicalmente la cinta, conjura la fuerza del amor. La depresión se presenta como la imposibilidad del amor. O bien el amor imposible conduce a la depresión. Por primera vez, el planeta Melancholia, como un otro atópico, que irrumpe en el infierno de lo igual, concita en Justine la aspiración erótica. En la escena junto a la roca del río se ve el cuerpo desnudo de una amante envuelto en voluptuosidad. Llena de esperanza, Justine se tumba bajo la luz azul del planeta portador de muerte. En esta escena parece como si Justine anhelara el choque mortal con el atópico cuerpo celeste. Ella espera la catástrofe que se aproxima como una unión dichosa con el amado. Nos vemos forzados a pensar en la muerte de amor de Isolda. Ante la muerte que se acerca, también Isolda se entrega con sumo placer al «todo que sopla en la respiración del mundo». No es ninguna casualidad que justo en esa única escena erótica de la película resuene de nuevo el preludio de Tristán e Isolda. Este conjura mágicamente la cercanía entre Eros y muerte, apocalipsis y redención. De manera paradójica, la muerte que se aproxima da vida a Justine. La abre para el otro. Justine, liberada de su prisión narcisista, se aboca al cuidado de Claire y su hijo. La magia real de la película es la prodigiosa transformación mediante la cual Justine deja de ser una depresiva y se convierte en una amante. La atopía del otro se muestra como la utopía del Eros. Lars van Trier intercala con clara intención conocidos cuadros clásicos para dirigir discursivamente la película y dotarla de una semántica especial. Así aparece, en la intro surrealista, el cuadro de Pieter Brueghel Los cazadores en la nieve, que sume al espectador en una profunda melancolía invernal. En el fondo del cuadro el paisaje linda con el agua, lo mismo que la finca de Claire, insertada delante del cuadro de Brueghel. Ambas escenas muestran una topología semejante, de modo que la melancolía invernal de Los cazadores en la nieve se extiende a la propiedad de Claire. Los cazadores, con un vestido oscuro, vuelven a casa profundamente encorvados. Los pájaros negros en los árboles hacen que el paisaje invernal parezca todavía más sombrío. El letrero de la posada «Zum Hirschen», con la imagen de un santo, está torcido y casi se cae. Este mundo lleno de melancolía invernal produce un efecto de abandono de Dios. Lars von Trier hace que del cielo caigan lentamente fragmentos negros, que devoran el cuadro como una fogata. A este melancólico paisaje invernal le sigue una escena que produce un efecto similar al de una pintura, en la cual Justine imita a la Ofelia de John Everett Millais. Con una corona de flores en la mano, flota en el agua como la bella Ofelia.

Justine, después de una disputa con Claire, cae de nuevo en la desesperación, y su mirada se desplaza con desamparo a través de los cuadros abstractos de Malevic. Luego, en un ataque, arranca del estante los libros abiertos y los reemplaza ostensiblemente por cuadros que refieren, todos ellos, a pasiones abismales del hombre. En este momento preciso suena de nuevo el preludio de Tristán e Isolda. Por tanto, de nuevo se trata de amor, deseo y muerte. Justine primero centra su mirada en Los cazadores en la nieve de Brueghel. Luego se dirige presurosa a Millais con su Ofelia y enseguida a David con la cabeza de Golíat, de Caravaggio, a El país de Jauja de Brueghel y, finalmente, a un dibujo de Cad Fredrick Hill en el que se representa a un ciervo que ronca en soledad.

La bella Ofelia, flotando en el agua, con su boca medio abierta y la mirada perdida en el espacio, semejante a la de un santo o un amante, sugiere de nuevo la cercanía entre Eros y muerte. Cantando igual a las sirenas, leemos en Shakespeare, muere Ofelia, la amada de Harnlet, rodeada de flores caídas. Ella tiene una bella muerte, una muerte de amor. En la Ofelia de Millais puede reconocerse una flor que no se menciona en Shakespeare, una amapola, que alude a Eros, al sueño y la embriaguez. También David con la cabeza de Golíat, de Caravaggio, es un cuadro de deseo y de muerte. En cambio, El país de Jauja, de Brueghel, muestra una sobresaturada sociedad de la positividad, un infierno de lo igual. Los hombres yacen con apatía aquí y allá con sus cuerpos repletos, agotados por la saciedad. Incluso el cactus no tiene ninguna espina. Es de pan. Aquí todo es positivo siempre que pueda comerse y disfrutarse. Esta sociedad sobresaturada se parece a la mórbida sociedad de la boda de Melancholía. Es interesante que Justine coloque El país de Jauja inmediatamente junto a una ilustración de William Blake que representa a un esclavo colgado vivo por una costilla. El poder invisible de la positividad contrasta aquí con la violencia brutal de la negatividad, que explota y expolia. Justine abandona la biblioteca justo después de haber extendido en el estante el dibujo de Un ciervo que ronca, de Cad Friedrick Hill. El dibujo expresa de nuevo el deseo erótico o la añoranza de un amor, que Justine nota en su interior. También aquí se representa su depresión como la imposibilidad del amor. Sin duda, Lars von Trier sabía que Cad Frederik Hill padeció toda su vida psicosis y depresión severa. Esta sucesión de cuadros presenta de manera intuitiva todo el discurso de la película. El Eros, el deseo erótico, vence la depresión. Conduce del infierno de lo igual a la atopía; es más, a la utopía de lo completamente otro.
El cielo apocalíptico de Melancholia se parece a aquel cielo vacío que para Blanchot representa la escena originaria de su niñez. Ese cielo le revela la atopía de lo completamente otro, cuando de
pronto interrumpe lo igual:
Yo era un niño de siete u ocho años de edad, me encontraba en una casa aislada, cerca de la ventana cerrada, miraba hacia fuera, y de pronto, ¡nada podía ser más súbito!, fue como si el cielo se abriera, como si se abriera infinitamente a lo infinito, para invitarme a través de este arrollador momento de apertura a reconocer lo infinito, pero lo infinito infinitamente vacío. El resultado era extraño. El súbito y absoluto vacío del cielo, no visible, no oscuro -vacío de Dios: esto era explícito, y en ello superaba con mucho la mera referencia a lo divino-, sorprendió al niño con tal encanto y tal alegría, que por un momento se llenó de lágrimas, y -añado preocupado por la verdad- yo creo que fueron sus últimas lágrimas. (M. Blanchot, « .. . absolute Leere des Hirnrnels ... ), en Coelen, M. ed., Die andere Urszene, Berlín, Diaphanes, 2008,P. 19)
El niño se ve arrebatado por la infinitud del cielo vacío. Es arrancado de sí mismo y desinteriorizado hacia un afuera atópico, es des-limitado y des-vaciado. Este acontecimiento desastroso, esta irrupción del afuera, de lo totalmente otro, se realiza como un des-propiar (expropiar), como supresión y vaciamiento de lo propio; a saber, como muerte: «Vacío del cielo, muerte diferida: desastre».(Íbd., La escritura del desastre, Caracas, Monte-Ávila, 1990, p. 125) Pero este desastre llena al niño de una «alegría devastadora», es más, de una dicha de la ausencia. En eso consiste la dialéctica del desastre, que también estructura la película Melancholia. El infortunio desastroso se trueca de manera inesperada en salvación.




1. R. Barthes, Fragmentos de un discurso amoroso, México,
Siglo XXI, 2006, p. 32.