Borges escribió un
cuento titulado La Busca de Averroes, en el que el filósofo y protagonista musulmán,
mientras estudia la obra de Aristóteles, sobre la traducción de una traducción,
se encuentra con dos palabras incomprensibles para él: “tragedia” y “comedia”.
Dentro de su conocimiento de la cultura islámica, y de pensadores anteriores al
islam, y por el desconocimiento de la literatura griega, nunca se había
tropezado con dichas palabras. Lo que lleva al protagonista del cuento,
“encerrado en el mundo del islam”, a definirlas de manera incorrecta, diciendo
que la tragedia se refería a los panegíricos y la comedia a la sátira o
anatemas. En otro pasaje del cuento, en una reunión a la que asiste Averroes, conversan,
citando a Ibn Qutayba, sobre “rosas que profesan la fe”; Averroes le cuesta
admitir más unas rosas que digan algo que un error en Ibn Qutayba; luego hablando
de metáforas, alguien dice que la escritura no es un arte porque el original
del Qurán —la madre del libro— es anterior a la creación y concluye que el
Qurán “es uno de los atributos de Dios, como Su piedad; se copia en un libro,
se pronuncia con la lengua, se recuerda en el corazón, y el idioma y los signos
y la escritura son obra de los hombres, pero el Qurán es irrevocable y eterno.”
Borges —o el narrador— concluye el cuento, expresando que se siente al igual
que Averroes, con pocas fuentes para su estudio, mientras Averroes estudiaba a
Aristóteles en versiones árabes hechas del siríaco, del mismo modo, Borges
pretendía hacer un retrato de Averroes “sin otro material que unos adarmes de
Renan, de Lane y de Asín Palacios.”
A partir de este cuento
del escritor argentino, pudiéramos lograr varias conjeturas. Entre ellas,
podríamos decir que los personajes ven el mundo a partir de su religión,
pareciera no que llegan a la religión a partir de su búsqueda en el mundo, si
no que pretenden observar la realidad con ojos religiosos; este afán, como
hemos visto y veremos, podría limitar el conocimiento. Por otro lado, notamos
en los personajes algunas contradicciones que abundan en los pensadores
religiosos y una profunda adoración a la tradición, cosa que también, en
ocasiones, resulta contraproducente en aras de lograr un avance en el
desarrollo del pensamiento. También podríamos decir que a falta de fuentes se
podría hacer una visión torpe de lo que se quiera estudiar, al igual como ha
pasado con la Edad Media, cuyo desconocimiento ha dado pie a comentarios
equívocos.
En la historia del
pensamiento, la edad media suele ser disminuida o menospreciada. Sin embargo es
notable la vasta gama de contribuciones que nos ha dejado. No solo en la música
y en la literatura, también en la filosofía y en la ciencia. Aunque no podemos
pasar por alto que también ha sido el periodo de la historia en el que existieron
mayores dogmas. Basta con repasar la historia para observar cómo fueron
perseguidas y aniquiladas personas por no amoldarse a un tipo de pensamiento
específico. Como ejemplo podemos hacer referencia a las cruzadas donde murió un
gran número de personas, con motivos de establecer el cristianismo; así como
otros muchos fueron quemados o desterrados por ser considerados herejes por la
iglesia ortodoxa. En tal sentido, no solo
podemos conformarnos con conocer la historia, sino que su misma
valoración nos debería llevar a reflexionar de manera crítica.
Es difícil dejar a un
lado las implicaciones religiosas presentes en esta época ya que la mayoría de
pensadores promulgaban sus teorías desde un teocentrismo. Sin embargo, aunque
razón y fe, y ciencia y religión, suelen estar en oposición, existieron grandes
personajes que desarrollaron seriamente un pensamiento tanto filosófico como
científico; tanto así que sería una pretensión abarcarlos a todos en un ensayo.
Por este motivo, nos concentraremos principalmente en el legado que nos dejaron
algunos que se desenvolvían en el contexto islámico.
La llamada Edad de oro
del Islam comienza gracias al califa al-Ma'mun quien estableció el más
importante centro de estudio del medioevo: la llamada escuela de la sabiduría
en Bagdad, en donde se hicieron traducciones, análisis y comentarios de obras
antiguas, así como diferentes estudios en distintos campos como la lógica, la
física, la biología, la astronomía, la medicina, entre otros. Con el
surgimiento de la escuela de Bagdad, datado a mediados del siglo VIII,
comienzan a florecer una serie de personajes, entre los que se encuentran:
Al-Kindi, Al-Farabí, Avicena, y por supuesto el ya mencionado Averroes; quienes
no solo tenían en común el islamismo, también compartían su admiración por los
filósofos antiguos en especial por Platón y Aristóteles.
Al-kindi fue uno de los
primeros que tradujo la obra de Aristóteles al árabe, algunas directamente del
griego, otras del siríaco. De hecho, el cuento referido al principio del
presente trabajo, al menos la edición que yo leí, trae una nota que dice que es
probable que cuando Borges escribe que Averroes trabajaba sobre la traducción
de una traducción, pueda referirse a traducciones hechas por Al-kindi a partir
del siríaco; aunque bien es una especulación porque existieron muchos otros
traductores para la época, sin embargo se debe destacar que gran parte del
vocabulario filosófico árabe se le debe principalmente a este gran conocedor que
no solo se destacó en filosofía, también en música, astronomía, matemática, física, etc. Otro, gracias
a su abarcador y profundo conocimiento, quien es llamado “el segundo maestro”
es Al-farabí, también gran conocedor de todas las teorías del pensamiento que
se habían formulado para la época; estudió profundamente la metafísica, ejerciendo
una gran influencia en Avicena y Averroes. Era tan seguidor tanto de Platón
como de Aristóteles que intentó unificar ambas visiones. También en la música
es conocido no solo como un gran ejecutante del laúd, entre otros instrumentos
de cuerdas, sino que además dejó grandes contribuciones estéticas y teóricas
sobre la música, al mismo tiempo que estudiaba escalas y melodías y cómo estas tenían
distintas respuestas en quienes las oían. Avicena declararía que no entendía a
Aristóteles hasta que leyó los comentarios que de este último hizo Al-Farabí.
No obstante, quien fue conocido como “el comentador” por las notas y
reflexiones que hace de Aristóteles fue Averroes, quien no solo deja grandes
aportes a la filosofía sino también a la medicina y la astronomía.
Como se menciona
anteriormente, estos filósofos tienen a Dios en el cetro de su estudio, por
encima, claro está, de Aristóteles. Es por ello que usan categorías aristotélicas
para argumentar la existencia de Dios. De esta manera, el primer motor, causa
principal de todo movimiento, para Al-Farabí, es Dios. Resulta curioso cómo
estos pensadores que tenían como principal argumento la demostración de la
existencia de Dios llegaran tan lejos en el campo de la ciencia y la filosofía.
Aunque muchos rozaron la teología, porque si bien el tema de Dios resulta ser
un tema filosófico si nos empeñamos en atribuir todas las explicaciones del
mundo a Dios, esto podría resultar limitante, ya que podríamos dejar de dudar,
que como sabemos es una de las principales tareas de la filosofía. Incluso,
mucho de los argumentos utilizados por los pensadores medievales incurren en
falacias, como argumentum ad consequentiam y argumentum ad verecundiam. Cuando
dan por entendido que existe dios, que el mundo es su creación al igual que las
criaturas que en él habitan, no se está demostrando que la premisa de la
existencia de Dios sea verdadera aunque la conclusión pareciera coincidir.
Así mismo, al igual que Averroes, en el
cuento que hemos tratado, le cuesta admitir un error en Ibn Qutayba, del mismo
modo muchos caen en tal falacia de autoridad cuando argumentan que tal cosa
debe ser verdad porque la dice el Corán o la biblia o algún apóstol o profeta o
personaje religioso; como San Buenaventura que, tratando sobre las “rationes
seminales”, escribe «Creo que esa
posición debe ser mantenida, no solamente porque la razón nos inclina a ella,
sino también porque la autoridad de Agustín, en su Comentario literal al
Génesis, la confirma.»
Aunque, por ejemplo
Averroes decía que la verdad puede ser alcanzada mediante la filosofía y esa
misma verdad puede ser explicada con otros términos mediante la teología, lo
que se conoce como “la doble verdad”, pareciera, o al menos a mí me da la sensación, que de alguna manera subordina la teología a
la filosofía y no al revés. Por otro lado se debe ser también muy cuidadoso al
seguir una tradición religiosa, apegados a lo que ya hemos dado por sentado, ya
que se podría perder el carácter heurístico que también juega un papel
fundamental en la historia del pensamiento.