miércoles, 20 de julio de 2016

martes, 12 de julio de 2016

EL MAL DE MONTANO: CONSTRUCCIÓN POSTMODERNA DE UN YO FICTICIO



“Soy un enfermo de literatura. De seguir así, ésta podría acabar tragándome como un pelele dentro de un remolino, hasta hacer que me pierda en sucomarcas sin límites. Me asfixia cada día más la literatura, a mis cincuenta años me angustia pensar que mi destino sea acabar convirtiéndome en un diccionario ambulante de citas”. (Enrique Vila-Matas, El mal de Montano)

Existen diversas concepciones y discusiones en torno al término de postmodernidad. ¿Qué característica tiene una época a la que es llamada posmoderna? ¿Cómo es el arte posmoderno? Quizás no el primero que usó el término, pero sí quien lo consolidó fue Jean-François Lyotard en su libro llamado, precisamente, La condición Postmoderna; donde definía lo postmoderno como una incredulidad hacia las metanarrativas. Parece ser entonces la era final de los grandes relatos, los héroes ya no son protagonistas, sino más bien personajes fracasados y es abolida la característica teleológica de la historia. Ya no hay, pues, un interés por reflejar de alguna manera la realidad y, a veces, tampoco por transformarla. Existen historias fraccionadas, subjetivas, en la cual no parece pasar mucho sino más bien importa la concepción de quien observa la realidad, su vida y su estado de ánimo.
Según Alfonso de Toro lo postmoderno tiene, entre sus principales características, la fragmentación, la deconstrucción y la intertextualidad. Fragmentación porque el discurso no lleva siempre el mismo hilo narrativo, las historias son heterogéneas, plurales. Por deconstrucción, entendemos lo que nos dejó Derrida, quien en su teoría —con permiso de un resumen superfluo— planteaba que un texto es un mundo en sí que no tiene nada que ver con la realidad, porque cada una de sus palabras fue elegida con una intención y en oposición a otras y además a una realidad representable. Por último tenemos el término de intertextualidad, que es básicamente cuando un texto nos hace referencia a otro.
Aunque el calificativo de postmoderno es frecuentemente usado en términos peyorativos, algunas obras literarias, por estar escritas y ambientadas en un contexto postmoderno, cumplen con las características propias de la postmodernidad sin dejar de ser grandes obras de arte. Estas características antes mencionadas encajan de manera ajustada a la novela de Enrique Vila-Matas “El mal de Montano”. El narrador, personaje protagonista, dice estar enfermo de literatura, porque cada acción que pasa, cada pensamiento, lo lleva a evocar una anécdota de la biografía de un escritor o algún texto que alguna vez leyó. De esta manera va construyendo y reconstruyendo su propia historia. 

En tal sentido, el propio narrador hace referencia a la fragmentación antes dicha. A principio del capítulo II, el narrador expone la idea de reescribir un diario ficticio en proceso dándole otro sentido: “tuve la idea de darle un giro a este diario y convertirlo (…) en un breve diccionario que contara nada más que verdades sobre mi fragmentada vida” (pag.106). Él expone la idea de una vida fragmentada que debe ser contada, mientras en la propia historia va contando fracciones de su vida, de su historia, fragmentos de textos de otro escritores, va hilvanando su discurso con aforismos propios y de distintos autores. Por ejemplo, más adelante continúa diciendo: “Mi fragmentada vida, he dicho. Y me viene a la memoria Ricardo Piglia, que dice que mientras un escritor escribe para saber qué es la literatura, un crítico trabaja en el interior de los textos que lee para reconstruir su autobiografía” (pag.107). Habla de fragmentación mientras fragmenta el discurso. A pesar de dicha fragmentación, Vila- Matas teje un discurso coherente, siempre posicionándose en un lugar en el mundo, con una visión crítica sobre todo en la literatura la cual a veces pareciera tener ciertos vestigios de una enfermedad mortal; así el escritor catalán reflexiona sobre el actual estado de la literatura y de su lugar en este mundo caótico, como justamente, afirma Carlos Fajardo:  “La fragmentación hace que haya una sensibilidad crítica frente a las estrategias de la exclusión y marginalidad modernas”.
Por otro lado, el término deconstrucción también aparece en el mal de Montano en un pasaje casualmente también relacionado con el escritor Ricardo Piglia, el narrador sueña, al quedarse dormido dibujando un oasis, encontrarse con alguien que reconoce como a sí mismo a pesar de parecerse a Piglia, este, o sea él mismo dice:
— Debería usted estar ya dibujando las aulas sombrías de ciertas universidades norteamericanas donde se dedican a deconstruir textos literarios.
—Bueno —he dicho— las dibujaré cuando termine el oasis. Por cierto, ¿qué significa deconstruir?
—No, lo hará ahora mismo.
No se vuelve a tocar el tema de la deconstrucción, por lo que en la novela no se aclara a que se refiere; es curioso que plantee la duda sobre tal palabra, cuando bien esta es un poco compleja de clarificar, como gran parte de la teoría de Derrida. Sin embargo, podríamos decir que una lectura deconstructiva visualiza al texto como una realidad en sí, que existe sustancialmente alejada de la vida. Si bien la literatura podría hablar de —o ayudarnos para— la vida, no es la vida misma, la vida está en otro lado; al leer, el texto es lo que existe; en el discurso están todos los detalles que debemos buscar y no fuera de él porque sería buscar neciamente objetos o fenómenos ausentes. Quizás el narrador nos deje con la incertidumbre de aclarar el término a propósito, es posible que su intención sea precisamente obviar el concepto de deconstrucción dejarlo fuera del texto, en la vida que está fuera de la literatura; “precisamente porque la literatura nos permite comprender la vida, nos deja fuera de ella”(Pag.302)
Si bien el texto nos deja fuera de una realidad externa, el escritor catalán nos envuelve en textos de otros escritores así como de sucesos acontecidos en sus vidas. Durante toda la novela nos pasea por lo que parece un homenaje a la literatura; en ella coexiste lo que también podría ser una característica posmoderna: la existencia de dos caras de una moneda, en este caso la del placer y pesar de la literatura; incluso llega a plantearse el hecho de encarnar a la literatura misma y cómo este inverosímil capricho lo angustia. 
Por último, el novelista no sólo pareciera hacer un collage entre la vida y obra de distintos  autores, sino que su propia manera de contar es heterogénea, en el sentido en que no solo usa técnicas de la novela, sino también del diario personal, la autoficción, el ensayo e incluso la crítica. Esto, de igual manera, evoca a Lipovestsky  cuando sostiene, refiriéndose a partir del posmodernismo: “De ahora en adelante el arte integra todo el museo imaginario, legitima la memoria, trata con igualdad al pasado y al presente, hace cohabitar sin contradicción todos los estilos”. Siempre partiendo de la observación del narrador, que en primera persona nos expone sus pensamientos, su vida, sus emociones, su manera de percibir la realidad, construyéndose una vida no sólo presente sino también pasada y futura, mezclando los tiempos; nos expone sus inquietudes, preocupaciones siempre en torno a sus experiencias, sean reales o ficticias, en torno a un Yo, a cada detalle de la propia vida del narrador, aunque pareciera contar nimiedades personales o caer en lo anecdótico, debemos entender que es ficción y que además tiene una intención; construye un Yo que no es él mismo, es un reflejo en el espejo, otro; como expresa el propio narrador: “Quizá la literatura sea eso: inventar otra vida que bien pudiera ser la nuestra, inventar un doble”. Ese doble también podría oponerse —o definir— a un Yo verdadero, manteniendo así la subjetividad, lo personal, el individuo. En fin, parafraseando a Umbral: en la postmodernidad está presente, también, cierto narcisismo.
Víctor Durán Salas

domingo, 3 de julio de 2016

La Ballena y su Techo.





En el siglo XX existieron diferentes grupos literarios en Venezuela, como el grupo Viernes, La alborada, Tabla Redonda, Válvula… pero ninguno tan irreverente y subversivo como El Techo de la Ballena. Podría decirse que es el movimiento contracultural por excelencia del país, ya que muchos otros grupos comenzaron siendo rebeldes y oponiéndose de alguna manera a un sistema opresor, pero luego al transcurrir los años la dialéctica los pone del lado del conservadurismo, como resulta el caso de personajes como Uslar Pietri o el mismo Rómulo Gallegos.  Ludovico Silva define a la contracultura como “el modo específico de ser cultural de la sociedad capitalista, y se caracteriza por su oposición implacable a los valores de cambio en que se basa esta sociedad”; es decir que mientras los poderosos construyen métodos que los favorecen, la cultura debería siempre atacarlos. Pero para que no haya confusiones en torno a cierta “cultura” que resulte alienante, se propone el término de contracultura. El mismo Ludovico Silva declara a Edgar Allan Poe como “la primera víctima de la revolución industrial, y el primer representante genuino de la contracultura”, y cita a Baudelaire en respuesta a quienes catalogan las letras de Poe como “literatura decadente”: “¡Literatura de decadencia! Estas son palabras vacías, que con frecuencia oímos salir, con la resonancia de un enfático bostezo, de la boca de esas esfinges sin enigma que velan delante de las sagradas puertas de la estética clásica”. Así mismo el Techo de la Ballena fue calificado de la misma manera que la literatura de Poe para el momento, sobre todo por las élites artísticas a quienes se oponían categóricamente.  Todas sus palabras y expresiones responden en contra de la estética burguesa que amenazaba con cubrir las artes de aquella década de los 60. Su irreverencia no sólo es política, no solo se declara en contra de la tiranía de Rómulo Betancourt con claros textos como Duerme usted señor presidente —por el que fue perseguido su autor, Caupolicán Ovalles—, sino que su propio lenguaje en sí es subversivo manejando palabras sencillas, vulgares, del pueblo, sobre todo como “una posibilidad de maldecir” como expresaría Adriano González León.

Sí, se ha vociferado mucho, no hay nada nuevo en la voluntad infamatoria, pero nadie puede negar que muchos, mientras preparan su carrera de funcionarios del Estado o de la Poesía, tienen taponados los oídos con música aldeana, de seguridad que nadie les ha donado o de desprecio burgués, que basta con ser burgués para que anule su posibilidad de competencia. Continuar manejando palabrotas es, al menos, más saludable que cualquier alimento retórico. (González León, 1962)

Escogieron la ballena porque, según se cuenta, mientras discernían sobre sus intenciones artísticas, tenían intenciones de hacer alguna manifestación en la cual el mar fuera el protagonista; entonces encontraron en un libro de Borges que los nórdicos denominaban al mar “El techo de la ballena”. A partir de ahí, el símbolo de la ballena acompañó a cada uno de los integrantes de este movimiento artístico, dedicándole extensas líneas y profundizando en su símbolo a través de la historia y la literatura. Edmundo Aray y Caupolicán Ovalles hacen constantes referencias a Moby Dick y en especial al capitán Ahab. Edmundo Aray (1968) cataloga a Melville como su antepasado y escribe: “Yo monto en el Pequod (…) El viejo Ahab delira. / Es bueno darse a la mar.” Caupolicán Ovalles dice “Yo, Poeta-Hostias, quinto descendiente de Achab (…) con una ballena en el pecho, ella pariendo sus hijos / y alimentándolos yo / del hambre que tengo, pienso, creo que debo / batallar / por conocer verdades / que parecen ocultas.”



Y es que la ballena es un elemento que está presente en distintos tipos de literatura desde la antigüedad, en la biblia por ejemplo con Jonás; pero al contrario de Jonás, el capitán Ahab busca desesperadamente a la ballena —ser temido por todo navegante, cuentan que tiene sed de sangre humana— para pelear con ella, para enfrentarse a ella, para vengarse y, según él, hacer justicia con sus propias manos. Así estos escritores se sentían heridos por una sociedad denigrante y excluyente buscando la verdad, peleando por lo justo con sus armas, con sus lanzas, sus plumas, sus pinceles.

La ballena blanca nadaba ante él como encarnación monomaníaca de todos esos elementos maliciosos que algunos hombres profundos sienten que les devoran en su interior, hasta que quedan con medio corazón y medio pulmón para seguir viviendo (Melville, H. Moby Dick)

 Como antecedentes del movimiento al que hacemos énfasis, tenemos la década del 50. Por un lado, en el aspecto literario, existe cierta influencia de la Generación Beat en los Estados Unidos, cuyos escritores impulsarían el descontento con la sociedad norteamericana, con el establishment y el esnobismo intelectual de aquellos días; por otra parte la revolución cubana de 1959, como afirmó Gerald Martin cuando dijo que existe una coincidencia entre un auge y declive de la Literatura Latinoamericana con el ascenso y caída de las percepciones liberales de Cuba entre 1959 y 1971. En Venezuela, para aquellas épocas también transcurrían tiempos convulsos: el 23 de enero en 1958 el dictador Marcos Pérez Jiménez recibió un golpe de estado, promovido principalmente por la junta patriótica quien llamó a una huelga y un paro general. La junta patriótica la impulsó, principalmente, Fabricio Ojeda quien pertenecía al partido Unión Republicana Democrática, uniéndose el PCV, COPEI y AD.  Ese mismo año se estableció lo que se conoce como El Pacto de Punto Fijo, acuerdo que pretendía repartirse la cochina del gabinete ejecutivo entre varios partidos, pero excluyendo al PCV, que fue quizá el partido más activo en el derrocamiento de Pérez Jiménez; iniciando, a partir de este pacto, innumerables persecuciones a los revolucionarios. En esa época tenemos dos movimientos importantes en la literatura venezolana como lo son el grupo Sardio y Apocalipsis; del primero, luego de desintegrarse y separarse alguno de sus integrantes, nace El Techo de la Ballena.

Los 60 lo recibimos con el movimiento hippie en estados unidos donde se hacía apología a ciertas libertades como la sexual y el tema de las drogas. En Venezuela se viven tiempos convulsos. Juan Liscano explica que:

El crecimiento demográfico, cada vez más acelerado, produjo el fenómeno llamado de “infantilismo demográfico” con 47,5% de menores de 15 años (1961). Esa formidable presión biológica juvenil, unida a los factores inherentes a la crisis social y psicológica de nuestro tiempo, explcica la aceleración repentina de nuestra historia y el abismo que de pronto se abrió entre los adultos y los jóvenes traducido , en el campo político, en la insurgencia armada o en las manifestaciones violentas de calle, y en lo literario, en un propósito de ruptura con el estilo estético, con la escritura bella, en aras de imitar el habla corriente, chata, anodina.(Liscano, J)

Para entonces, tenemos el gobierno de Rómulo Betancourt, considerado como el primer mandato democrático, sin embargo está de más decir —o quizás nunca sea repetitivo mencionarlo— que esta supuesta democracia beneficiaba sólo al lado más pudiente de la sociedad venezolana, reprimiendo y matando a quienes se oponían a “El padre de la democracia” famosa es su frase: disparen primero y averigüen después. Esta fue la época del nacimiento de la fuerza armada de liberación nacional, donde importantes personajes de todo tipo (artistas, médicos, sociólogos, intelectuales y sensibles ante la injusticia al fin) tomaron armas y se fueron a la montaña para crear las guerrillas venezolanas. Cabe destacar importantes escritores como Fabricio Ojeda, Argenis Rodriguez, Argimiro Gabaldón. A este último, Caupolicán Ovalles le dedica un poema llamado Con una bala en el pecho.

Para taparte las balas / las balas con mi pecho (…) con la gorra del general Gabaldón para tapar balas / con la espada del general Gabaldón para tapar balas / con los CIEN AÑOS del general gabaldón para tapar balas / que entre mi padre y yo sumamos como ciento cincuenta años de guerra (…) Yo quiero que el sol alumbre de noche para que vea Argimiro y para la luna que siempre alumbra de noche yo quiero que alumbre más para Argimiro / insisto porque él necesita esa luz / Chimiro.  (Ovalles, -fragmento de Con una bala en el pecho-)

Así nace —y muere a finales de los 60— El techo de la Ballena, hastiado de tanta represión al pueblo e impunidad para los poderosos, sus principales manifestaciones como lo son Homenaje a la necrofilia y homenaje  la cursilería son evidentes reflejos de sus ganas deliberadas de molestar a los burgueses quienes pretendían raptar el arte con exclusividad para ellos. “Percibimos, a riesgo de asfixia, cómo los museos, las academias y las instituciones de cultura nos roban el pobre ozono y nos entregan a cambio un aire enrarecido y putrefacto” (el Techo de la Ballena, marzo de 1961)
Víctor Durán Salas