miércoles, 3 de agosto de 2016

Literatura: Contemplación y Creación.



Provengo de una larga línea de miradores para afuera. Esta curiosa costumbre, heredada de lejanos ancestros, consiste en posicionarse, dentro de un lugar (casa, centro comercial, oficina, automóvil, etc.), frente a una puerta o ventana, de manera tal que uno pueda mirar hacia lo que está en el exterior (calle, cielo, campo o lo que sea). Mi abuelo pasaba las tardes sentado en el porche mirando a quien pasara como si los transeúntes modelaran para él. Mi padre suele quedarse ensimismado, dentro de un carro, mirando a través de la ventana como detallándola; menos mal que no maneja. Recuerdo a mi tío y su afición por los balcones acompañado de cigarrillos. Entonces, ahora, es que me doy cuenta que contemplar una obra de arte es quedarse mirando hacia afuera.
El Espejo (1975) . Andrei Tarkovsky.
Además de contemplar hacia afuera, solemos también, bien sea como acto egoísta o masoquista, tornar la mirada hacia nosotros mismos en busca de auto-aceptación y adaptación; basta, por ejemplo, con que algún amigo nos cuente algún suceso que le haya ocurrido, para nosotros buscar desesperadamente un cuento análogo para hacernos protagonistas tanto de la situación como de alguna interesante, según nosotros como emisores, anécdota. Nos comparamos con historias que leemos o que nos cuentan, para así evaluar nuestro comportamiento ante las situaciones; algunos dicen que a partir de esta comparación, y de nuestros delirios de superioridad, nace la risa. Una carcajada podría aparecer al observar una situación la cual nos hiciera sentir afortunados de que no nos haya ocurrido a nosotros. Es por eso que la risa fue condenada por muchos como un acto corrupto de parte del ser humano; como Platón quien la consideraba un exceso y todos los excesos, según él, deben ser limitados por la razón. Sin embargo no toda risa es desviación, ni mucho menos una acción vil; según David De los Reyes en Del Humor Y La Risa en La Filosofía Griega Antigua, en griego existen dos palabras que hacen referencia a la risa: γελάω y καταγελάω; mientras la primera se usa para nombrar una risa resplandeciente, la otra denota una risa burlona. La risa es la manifestación física de la alegría; además, debemos valorar todo el ingenio que hay detrás de un buen chiste, no de los comentarios injuriosos que hacen los necios cada vez que encuentran una oportunidad de hacer inferiores a los demás.
Un chiste es un estímulo, la risa es el producto de un cambio repentino de estado de calma a uno de excitación, lo que en jerga psicológica llamarían aurosal. Todo estímulo, de acuerdo con Berlyne, tiene “propiedades colativas”, como la novedad (o la sorpresa, por eso no nos causa tanta gracia un chiste que ya hemos escuchado varias veces como cuando lo escuchamos por vez primera) y la complejidad (que tendría que ver, en este caso, con la creatividad que posea el creador del chiste). Kris relacionaría la creatividad con un estado de regresión del Yo, hecho que sucede también cuando estamos dormidos o intoxicados, por ende podríamos decir que imaginar es como soñar y/o drogarse. Entonces a partir de lo anterior deviene el impulso por escribir (y por hacer cualquier tipo de arte) y lo hedónico de leer (y contemplar). ¿Qué más lúdico que crear imágenes? ¿Cuánta regresión al narcisismo hay en inventar nuevas realidades? El escritor hace chistes porque la realidad lo decepciona, es un ser inconforme que prefiere ser niño, el escritor se ríe para no llorar, como Demócrito riéndose de la estupidez de los hombres. Detrás de las tragedias puede estar escondido un chiste o al contrario: detrás de lo hilarante puede existir sucesos funestos. John Kennedy Toole se suicidó tras no conseguir que publicaran su novela “La Conjura de Los Necios”, considerada entre de las obras más divertidas de la literatura anglosajona.
Me río de los demás y me río de mí, analizo a los demás y me analizo, me quejo de los demás y me quejo de mí. No necesito que ningún psicólogo  teorice sobre mi personalidad, yo me conozco, yo mismo me juzgo y me soy honesto; como escribiría Argenis Rodriguez: “Por lo que a mí toca, no me he creído ni mejor ni peor que nadie y no le he pedido excusas a Dios ni espero que me juzgue. Ya yo me he juzgado bastante y he dejado una mala impresión de mi persona”. Yo mismo podría confesarle a Kretschmer que tengo una personalidad esquizotímica: me paso constantemente de la acera de la frialdad a la de la sensibilidad y viceversa; aunque todo me afecte, suelo encerrarme dentro de mí en un estado de aparente indiferencia.
Todo escritor debe ser sincero consigo mismo, confesar sus peores defectos, reconocerse cuando se ve lleno de mierda. Grandes obras han salido de una descarga de sinceridad, algunos disfrazando la autobiografía con algo de ficción. A fin de cuentas el estilo puede transformar cualquier anécdota ordinaria en una buena historia; nadie negaría el carácter estético que existe en biografías, cartas, diarios, etc.
Luego de cargarte con estímulos estéticos es bueno salir a caminar, dar un paseo por tu ciudad, encontrarte con amigos, distraerte para aliviar el pesado impacto de la belleza y la lucidez. En mi ciudad, en el centro de ella, está el museo y cerca existe una taguara donde se puede tomar cervezas baratas y conversar con compañeros con inquietudes similares a las tuyas. Cuando mi preferencia es estar solo doy largas caminatas y miro a las personas, sobre todo a las mujeres que van saliendo del trabajo, se dirigen al gimnasio, o a una cita, y ellas, a veces, me miran y me encuentran pensando. De vez en cuando mi mente se va detrás de sus culos y las acompaña a sus casas, las miro desnudas y solitarias, o me quedo afuera mirando cómo el esposo las golpea, u observo detrás de un muro cómo conversa y se ríe con amigos, o me siento en la mesa junto al marido y los hijos.
La mirada del contemplador convierte la ciudad y sus habitantes en protagonistas; su visión, por más subjetiva y limitada que sea, basta para admirar la ciudad desde algún punto de vista, bien sea este adecuado, o distinto e incompatible, al tuyo. O incluso aunque no conozcamos la ciudad podríamos disfrutar de una descripción de ella de parte de alguien quien la haya mirado. Si bien es cierto que no hay texto sin contexto, no podemos olvidar el carácter formal de una buena narración, es decir, no es estrictamente necesario conocer sobre la sociedad o historia de Dublín para disfrutar una lectura de Joyce—uno de los escritores que escribe en gran medida sobre su ciudad— que retrate, desde su perspectiva, tal lugar. Incluso habrá algunos quienes escribieron sobre alguna ciudad imaginaria o una que nunca conocieron. Ahora bien si queremos ahondar en el análisis y el significado “completo” de la obra, por supuesto que no estaría de más profundizar en el estudio de alguna realidad que rodee a la obra.
 Como contemplador sé dónde estoy parado, observo el cielo rojo de mi ciudad, el viejo poeta del barrio, la señora trabajadora; también miro al tipo en la calle oscura y solitaria, agachado, acercándole un yesquero a una lata pegada a su boca; veo a familias viviendo en ranchos diminutos de zinc. Imágenes grotescas que forman parte de la realidad. Hay muchos quienes se jactan de ser objetivos y sus miradas esquivan la realidad. Es por eso que Luckas decía que la filosofía burguesa estaba (o está) llena de fetiches, los capitalistas tratan a las personas como objetos, banalizan la realidad, sus pensamientos se quedan en la superficie de esta, generando una contradicción; “esta contradicción es la que explica el hecho de que ciertos pensadores, que son sin embargo pensadores de buena fe, nos den una representación completamente falseada de la realidad social,  simplemente porque se limita a examinar esta superficie directamente perceptible.”(Luckas, G. La Crisis de la Filosofía Burguesa)

Cuando observo, pienso y mi pensamiento se traslada a distintos espacios, y a su vez, a distintos tiempos. Mi cuerpo ocupa un espacio real y es visto por los caminantes a mi alrededor, pero evocando puedo viajar a tiempos pretéritos; puedo irme a la infancia y correr tras una pelota, a veces puedo percibir olores guardados en mi memoria; las personas me observan detenidamente, cuando los ignoro, me ven pasar pero yo a veces no estoy ahí en ese cuerpo que va caminando, estoy en un café de una ciudad, me traslado a un bar en otra en un instante incoherente, un carro me toca corneta y frena delante de mí, sigo viajando y de repente me encuentro en el lugar de destino. En mis paseos se fusionan tres tiempos: lo que tengo que hacer, el efímero presente que camina por las calles y mis recuerdos. Me desplazo hacia adelante con paso firme, puedo retroceder si es necesario, puedo girar a la izquierda o a la derecha según me convenga; subo escaleras, bajo en ascensor y el tiempo siempre me persigue.
Si eres buen contemplador, al llegar a cualquier casa tu mirada se pasea al rededor en busca de objetos que te interesen; por ejemplo libros, en caso de haberlos, los tocas, los hueles, los abres, lees algunas líneas... por lo general todo lector es un comprador y admirador compulsivo de libros y no todos los libros los lee, a veces tiene montañas de libros que nunca leerá; como también podríamos pasar 3 horas en una librería solo observando y salir con las manos vacías.
Luego de dar unas vueltas vuelves a casa y es el final del paseo, esperas el final de tu día, el final de la noche, el final de la vigilia, el final de la conciencia, el final de la percepción, el final de un texto que quizás nadie ha escrito.
Víctor Durán Salas

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