Provengo de una larga
línea de miradores para afuera. Esta curiosa costumbre, heredada de lejanos
ancestros, consiste en posicionarse, dentro de un lugar (casa, centro
comercial, oficina, automóvil, etc.), frente a una puerta o ventana, de manera
tal que uno pueda mirar hacia lo que está en el exterior (calle, cielo, campo o
lo que sea). Mi abuelo pasaba las tardes sentado en el porche mirando a quien
pasara como si los transeúntes modelaran para él. Mi padre suele quedarse
ensimismado, dentro de un carro, mirando a través de la ventana como
detallándola; menos mal que no maneja. Recuerdo a mi tío y su afición por los
balcones acompañado de cigarrillos. Entonces, ahora, es que me doy cuenta que
contemplar una obra de arte es quedarse mirando hacia afuera.
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| El Espejo (1975) . Andrei Tarkovsky. |
Además de contemplar
hacia afuera, solemos también, bien sea como acto egoísta o masoquista, tornar
la mirada hacia nosotros mismos en busca de auto-aceptación y adaptación;
basta, por ejemplo, con que algún amigo nos cuente algún suceso que le haya
ocurrido, para nosotros buscar desesperadamente un cuento análogo para hacernos
protagonistas tanto de la situación como de alguna interesante, según nosotros
como emisores, anécdota. Nos comparamos con historias que leemos o que nos
cuentan, para así evaluar nuestro comportamiento ante las situaciones; algunos
dicen que a partir de esta comparación, y de nuestros delirios de superioridad,
nace la risa. Una carcajada podría aparecer al observar una situación la cual
nos hiciera sentir afortunados de que no nos haya ocurrido a nosotros. Es por
eso que la risa fue condenada por muchos como un acto corrupto de parte del ser
humano; como Platón quien la consideraba un exceso y todos los excesos, según
él, deben ser limitados por la razón. Sin embargo no toda risa es desviación,
ni mucho menos una acción vil; según David De los Reyes en Del Humor Y La Risa
en La Filosofía Griega Antigua, en griego existen dos palabras que hacen
referencia a la risa: γελάω y καταγελάω; mientras la primera se usa para
nombrar una risa resplandeciente, la otra denota una risa burlona. La risa es
la manifestación física de la alegría; además, debemos valorar todo el ingenio
que hay detrás de un buen chiste, no de los comentarios injuriosos que hacen
los necios cada vez que encuentran una oportunidad de hacer inferiores a los
demás.
Un chiste es un
estímulo, la risa es el producto de un cambio repentino de estado de calma a
uno de excitación, lo que en jerga psicológica llamarían aurosal. Todo
estímulo, de acuerdo con Berlyne, tiene “propiedades colativas”, como la
novedad (o la sorpresa, por eso no nos causa tanta gracia un chiste que ya
hemos escuchado varias veces como cuando lo escuchamos por vez primera) y la
complejidad (que tendría que ver, en este caso, con la creatividad que posea el
creador del chiste). Kris relacionaría la creatividad con un estado de
regresión del Yo, hecho que sucede también cuando estamos dormidos o
intoxicados, por ende podríamos decir que imaginar es como soñar y/o drogarse.
Entonces a partir de lo anterior deviene el impulso por escribir (y por hacer
cualquier tipo de arte) y lo hedónico de leer (y contemplar). ¿Qué más lúdico
que crear imágenes? ¿Cuánta regresión al narcisismo hay en inventar nuevas
realidades? El escritor hace chistes porque la realidad lo decepciona, es un
ser inconforme que prefiere ser niño, el escritor se ríe para no llorar, como
Demócrito riéndose de la estupidez de los hombres. Detrás de las tragedias
puede estar escondido un chiste o al contrario: detrás de lo hilarante puede
existir sucesos funestos. John Kennedy Toole se suicidó tras no conseguir que
publicaran su novela “La Conjura de Los Necios”, considerada entre de las obras
más divertidas de la literatura anglosajona.
Me río de los demás y
me río de mí, analizo a los demás y me analizo, me quejo de los demás y me
quejo de mí. No necesito que ningún psicólogo
teorice sobre mi personalidad, yo me conozco, yo mismo me juzgo y me soy
honesto; como escribiría Argenis Rodriguez: “Por lo que a mí toca, no me he
creído ni mejor ni peor que nadie y no le he pedido excusas a Dios ni espero
que me juzgue. Ya yo me he juzgado bastante y he dejado una mala impresión de
mi persona”. Yo mismo podría confesarle a Kretschmer que tengo una personalidad
esquizotímica: me paso constantemente de la acera de la frialdad a la de la
sensibilidad y viceversa; aunque todo me afecte, suelo encerrarme dentro de mí
en un estado de aparente indiferencia.
Todo escritor debe
ser sincero consigo mismo, confesar sus peores defectos, reconocerse cuando se
ve lleno de mierda. Grandes obras han salido de una descarga de sinceridad,
algunos disfrazando la autobiografía con algo de ficción. A fin de cuentas el
estilo puede transformar cualquier anécdota ordinaria en una buena historia; nadie
negaría el carácter estético que existe en biografías, cartas, diarios, etc.
Luego de cargarte con
estímulos estéticos es bueno salir a caminar, dar un paseo por tu ciudad,
encontrarte con amigos, distraerte para aliviar el pesado impacto de la belleza
y la lucidez. En mi ciudad, en el centro de ella, está el museo y cerca existe
una taguara donde se puede tomar cervezas baratas y conversar con compañeros con
inquietudes similares a las tuyas. Cuando mi preferencia es estar solo doy
largas caminatas y miro a las personas, sobre todo a las mujeres que van
saliendo del trabajo, se dirigen al gimnasio, o a una cita, y ellas, a veces,
me miran y me encuentran pensando. De vez en cuando mi mente se va detrás de
sus culos y las acompaña a sus casas, las miro desnudas y solitarias, o me
quedo afuera mirando cómo el esposo las golpea, u observo detrás de un muro
cómo conversa y se ríe con amigos, o me siento en la mesa junto al marido y los
hijos.
La mirada del
contemplador convierte la ciudad y sus habitantes en protagonistas; su visión,
por más subjetiva y limitada que sea, basta para admirar la ciudad desde algún
punto de vista, bien sea este adecuado, o distinto e incompatible, al tuyo. O
incluso aunque no conozcamos la ciudad podríamos disfrutar de una descripción
de ella de parte de alguien quien la haya mirado. Si bien es cierto que no hay
texto sin contexto, no podemos olvidar el carácter formal de una buena narración,
es decir, no es estrictamente necesario conocer sobre la sociedad o historia de
Dublín para disfrutar una lectura de Joyce—uno de los escritores que escribe en
gran medida sobre su ciudad— que retrate, desde su perspectiva, tal lugar.
Incluso habrá algunos quienes escribieron sobre alguna ciudad imaginaria o una
que nunca conocieron. Ahora bien si queremos ahondar en el análisis y el
significado “completo” de la obra, por supuesto que no estaría de más profundizar
en el estudio de alguna realidad que rodee a la obra.
Como contemplador sé dónde estoy
parado, observo el cielo rojo de mi ciudad, el viejo poeta del barrio, la
señora trabajadora; también miro al tipo en la calle oscura y solitaria,
agachado, acercándole un yesquero a una lata pegada a su boca; veo a familias
viviendo en ranchos diminutos de zinc. Imágenes grotescas que forman parte de
la realidad. Hay muchos quienes se jactan de ser objetivos y sus miradas
esquivan la realidad. Es por eso que Luckas decía que la filosofía burguesa estaba
(o está) llena de fetiches, los capitalistas tratan a las personas como
objetos, banalizan la realidad, sus pensamientos se quedan en la superficie de
esta, generando una contradicción; “esta contradicción es la que explica el
hecho de que ciertos pensadores, que son sin embargo pensadores de buena fe,
nos den una representación completamente falseada de la realidad social, simplemente porque se limita a examinar esta
superficie directamente perceptible.”(Luckas, G. La Crisis de la Filosofía
Burguesa)
Cuando observo,
pienso y mi pensamiento se traslada a distintos espacios, y a su vez, a
distintos tiempos. Mi cuerpo ocupa un espacio real y es visto por los
caminantes a mi alrededor, pero evocando puedo viajar a tiempos pretéritos;
puedo irme a la infancia y correr tras una pelota, a veces puedo percibir
olores guardados en mi memoria; las personas me observan detenidamente, cuando
los ignoro, me ven pasar pero yo a veces no estoy ahí en ese cuerpo que va
caminando, estoy en un café de una ciudad, me traslado a un bar en otra en un
instante incoherente, un carro me toca corneta y frena delante de mí, sigo
viajando y de repente me encuentro en el lugar de destino. En mis paseos se
fusionan tres tiempos: lo que tengo que hacer, el efímero presente que camina por
las calles y mis recuerdos. Me desplazo hacia adelante con paso firme, puedo
retroceder si es necesario, puedo girar a la izquierda o a la derecha según me
convenga; subo escaleras, bajo en ascensor y el tiempo siempre me persigue.
Si eres buen contemplador,
al llegar a cualquier casa tu mirada se pasea al rededor en busca de objetos
que te interesen; por ejemplo libros, en caso de haberlos, los tocas, los
hueles, los abres, lees algunas líneas... por lo general todo lector es un
comprador y admirador compulsivo de libros y no todos los libros los lee, a
veces tiene montañas de libros que nunca leerá; como también podríamos pasar 3
horas en una librería solo observando y salir con las manos vacías.
Luego de dar unas
vueltas vuelves a casa y es el final del paseo, esperas el final de tu día, el
final de la noche, el final de la vigilia, el final de la conciencia, el final
de la percepción, el final de un texto que quizás nadie ha escrito.
Víctor Durán Salas

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